AL COMIENZO
DE UN NUEVO AÑO

ARNALDO BAZÁN

Comenzar un nuevo año es como empezar una nueva aventura. A todos nos emociona la llegada del Año Nuevo, y por eso, desde tiempos inmemoriales, se lo celebra con campanadas, uvas, champan, etc. Los menos, pero quizás los más sabios, lo comienzan en la presencia de Dios, sea celebrando la Eucaristía o haciendo oración.

La mayoría trata de entrar en el Nuevo Año armando una batahola. De ahí los cohetes y la música estridente. Es como si, desde el comienzo, quisiesen aturdirse para no pensar, ni reflexionar en las responsabilidades que a todos nos tocan, ni en las posibilidades que realmente ofrece en nuestra vida un nuevo año.

Esta ha sido y seguirá siendo, desgraciadamente, la conducta de la mayoría de los humanos. Preferimos el ruido al silencio, el alboroto a la reflexión, la diversión a la oración, y eso por una sola razón: porque es lo más fácil, lo que menos esfuerzo requiere. Por eso los héroes y los santos son siempre pocos, pues hay que saberse apartar del ruido para encontrar la sabiduría y la santidad.

¡Qué sería del mundo si la mayoría de nosotros tomara más en serio la vida! Porque la apariencia que damos es de que nos importa poco, y lo único que pretendemos es sacar el mejor partido a lo que tenemos por delante. Usamos una escala de valores que para nada ayuda a superar nuestras limitaciones y nuestros errores.

En casi todos los sondeos de opinión que se hacen, cuando se habla de mujeres admiradas, siempre sale a relucir la figura menuda de la gran Madre Teresa de Calcuta. Muchos se fijan en lo que ella hizo por los más pobres y abandonados, pero pocos son los que se fijan en que, para lograrlo, ella dedicaba varias horas del día a la oración. Ese era su secreto, y nunca lo escondió, sino que, por el contrario, lo puso como consigna para las hermanas de la Congregación que logro fundar.

No es fácil lograr cosas grandes sin esfuerzo. Hoy admiramos los grandes adelantos que, en todo sentido, se han ido logrando en las últimas décadas, y que impresionan sobremanera por su magnitud.

Detrás de cada uno de esos logros está una o muchas cabezas pensantes, hombres y mujeres que han dedicado infinidad de horas de silencio y reflexión, de estudio y, también no pocas veces, de oración, para conseguir que un proyecto se realice y venga a ser una realidad positiva y fructífera.

Con el bullicio y el ajetreo sistemático no se ha logrado absolutamente nada. Eso está bien para un rato, pues todos necesitamos, de vez en cuando, un poco de distracción. Pero cuando fundamos nuestra vida en un valor que no lo es, y olvidamos los más trascendentales e importantes, todo pierde sentido y nuestra vida se va a pique.

Viviremos sin alegría, aunque aparentando que la tenemos, y pasaremos el tiempo esperando la muerte sin que haya ninguna esperanza en nuestro corazón

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