LA COMUNIÓN FRECUENTE

Arnaldo Bazán

Al cristiano de hoy podría parecerle absurdo que hubiera épocas en las que la absoluta mayoría de los que participaban en la Misa se abstuvieran de comulgar.

Sin embargo, esta situación a la que aludo se mantuvo por varios siglos, y fue solo a fines del siglo XIX, sobre todo con el papa san Pío X, que esto comenzó a cambiar en un sentido positivo.

Es lógico que lo que hoy vemos está más en consonancia con la práctica normal de la Iglesia en los primeros siglos, aunque es de temer que la mucha afluencia de fieles a la comunión, pueda esconder el peligro de que algunos se acerquen a ella sin la debida preparación, y hasta sin estar conscientes realmente de lo que hacen.

LA PRÁCTICA PRIMITIVA

Siguiendo la invitación del propio Jesús, los cristianos entendieron que la Eucaristía era un memorial donde Cristo se hacía presente realmente en el pan y el vino, convertidos en su Cuerpo y en su Sangre, no solo para renovar y actualizar su Sacrificio, sino también para que pudiésemos ser alimenados con lo que El mismo llamó “el Pan vivo bajado del Cielo”(Juan 6,51).

Tanto así que durante mucho tiempo los fieles no se contentaron con participar en la Asamblea dominical (la única que se celebraba durante la semana, pues la Misa diaria se fue introduciendo poco a poco a partir del siglo IV), sino que solían llevar a su casa pedazos de pan consagrado para comulgar diariamente.

Es bien curioso que a partir del siglo IV, cuando se aumenta el número de celebraciones durante la semana, también se comience a abandonar la práctica de la comunión, de tal forma que en un sínodo tenido en Agde, en las Galias, el año 506, se urja a los fieles a acercarse al sagrado banquete al menos tres veces al año, en Navidad, Pascua y Pentecostés.

MOTIVOS PARA NO COMULGAR

Cualquiera podría pensar, de primer intento, que esto se debió a un enfriamiento en la devoción popular, lo que trajo consigo un relajamiento en las costumbres de los propios cristianos, por lo que ya no todos se sentían limpios en su conciencia para acercarse a recibir dignamente el Cuerpo y la Sangre del Señor.

Puede que este haya sido la razón para una parte, pero no para la mayoría, pues se nota que esta misma merma en la frecuencia de la comunión se daba en monasterios y conventos, lo que induce a pensar que existían, además, otros motivos.

El principal de todos parece haber sido un énfasis mayor en la divinidad de Cristo, lo que producia en muchos un temor reverencial exagerado, al pensar en la gran distancia que había entre una pobre criatura y su Creador. Se trataría, pues, de un respeto mal entendido, que llevó a muchos a alejarse de la recepción de su Cuerpo y Sangre. El “Señor, yo no soy digno” se llevó al extremo, olvidándose de que fue el mismo Jesús quien nos invita a comer de su Cuerpo y beber de su Sangre so pena de no tener parte con El.

POSIBLES CAUSAS

Es muy probable que todo este respeto exagerado se debiera a un nuevo concepto que se propagó por obra de cierto tipo de predicación que llegó a ponerse de moda, la que insistiría en la necesidad de la “limpieza espiritual”, algo bueno y necesario, pero que llevada a sus últimas consecuencias nos haría a todos incapaces de recibir al Señor.

Otras causas pudieron ser las exigencias concomitantes que se fueron introduciendo con relación a la comunión.

En algunos lugares se prescribirá que los que comulgaran tenían que confesarse antes de cada comunión. En otros se exigía al menos un día de ayuno, que luego se fue acortando para llegar al que se hacía desde la medianoche hasta el momento de la comunión, algo que perduró hasta bien entrado el siglo XX.

En realidad se fueron multiplicando los obstáculos, con la buena intención, desde luego, de que los fieles se acercasen a la comunión lo mejor preparados posible, pero que, al mismo tiempo, aumentaban la conciencia de indignidad hasta tal punto que hacían desistir a cualquiera de acercarse a tan alto Sacramento.

No es de extrañar, por tanto, que un medio dejado por Cristo para que tuviésemos vida y que nos permitiera estar unidos a El, se abandonara por un concepto exagerado de la dignidad y la limpieza interior.

SUSTITUTOS DE LA COMUNIÓN

Como nunca cesó de existir hambre de Dios en los verdaderos cristianos, la falta de comunión los llevó a anhelar algunas prácticas que la sustituyeran.

Esto explica que, al mismo tiempo, se fuera incrementando un culto a la Sagrada Forma, como la contemplación de la misma durante la “elevación” que se hace después de cada consagración, y que solía demorarse por algun tiempo. Recordemos que la Misa era celebrada de espaldas al pueblo.

Luego vino la reserva del Santísimo Sacramento en los sagrarios para la adoración de los fieles, al mismo tiempo que la exposición y bendición eucaristicas.

Somos dichosos de vivir en una época en la que la Iglesia ha vuelto a entender el correcto sentido de la comunión, dando facilidades al máximo para que acudamos a este “Pan que da la vida al mundo”, tanto que ahora hasta se puede comulgar dos veces el mismo día, con tal de que se participe en la Celebración Eucarística.

Esto debe incitar nuestro sentido de responsabilidad, para que demos verdadera importancia a Quien recibimos y tengamos una adecuada preparación, a fin de que no seamos reos del Cuerpo y de la Sangre del Señor, como advierte san Pablo (Ver 1a. Corintios 11,30).

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