LA CONFESIÓN FRECUENTE

De acuerdo a un estudio, que se hizo hace ya algún tiempo, son pocos los católicos que se confiesan frecuentemente. Es más, hay hasta sacerdotes que nunca o rara vez se confiesan, dando con ello una pista para saber hasta dónde ha caído la práctica de este sacramento.

En modo alguno quiero hacer énfasis en que la confesión frecuente es el ideal, sobre todo si hablamos de hacerlo todas las semanas.

Si pensamos un poquito veríamos que esto último sería prácticamente imposible, ya que en una parroquia con un gran número de comulgantes, los sacerdotes tendrían que dedicarse exclusivamente a confesar a los feligreses durante toda la semana.

Pero tampoco podemos caer en el otro extremo, dejando a un lado un sacramento que, por serlo, es una fuente de gracia y de fuerza para ayudarnos en la lucha diaria contra el mal.

FRECUENCIA DE LA CONFESIÓN

Confesarse frecuentemente puede significar hacerlo una vez al mes, o varias veces al año. Esto me parecería lo más conveniente, dependiendo del estilo personal de cada quien.

Por supuesto que, cuando se trata de pecados mortales, la confesión es lo obligado, y se debe hacer cuanto antes. En este sentido habrá personas que necesitan confesarse todas las semanas.

Pero para los que logran guardar el estado de gracia está claro que no necesitan una confesión semanal, y que pueden hacerlo en una forma más espaciada. Cada uno tendrá que determinar, de acuerdo a su propia conciencia, la frecuencia de sus confesiones.

UN GRAN REGALO

Es indiscutible que la confesión, como sacramento, es un regalo muy especial, pues supone, de parte de Dios, una comprensión absoluta para con nosotros, pecadores, dándonos todas las oportunidades para recibir el perdón si estamos debidamente arrepentidos.

Con todo y eso, no son pocos los que se aterran ante la idea de confesarse, porque esto supone, desde luego, un deseo de lucha y una decisión de mantenerse en el camino de la gracia.

Claro que es muy fácil si uno va a confesarse sin verdadero propósito de enmienda, solo para cumplir unas formas externas, pero con eso no se consigue nada, ya que así, naturalmente, no se logra la verdadera absolución.

Pero el pecador sabe que Dios lo ama y que, por medio del sacramento penitencial le dará de nuevo su perdón, no importa las veces que haya caído en el mismo pecado, si está demostrando su deseo de superarse y llegar a vencer el mal que lo domina.

El propósito de enmienda no significa una promesa formal de no volver a cometer un pecado, ya que esto es casi imposible en la mayoría de los casos, sino la expresión de un deseo de lucha, contando con la ayuda del Señor para superar las tendencias pecaminosas.

PRESCINDIR DE LA CONFESIÓN

En la vida de los santos vemos que todos ellos, casi sin excepción, se declaraban grandes pecadores y buscaban en el sacramento el medio para perseverar.

Nadie puede sentirse limpio de culpa, aunque uno pueda considerar que, no habiendo cometido pecados graves, pueda esperar un poco para confesarse.

Si una persona prescinde totalmente del sacramento penitencial es o porque se ha decidido a vivir en pecado y no busca el perdón de Dios, o porque ha perdido totalmente la fe en este sacramento, con lo que se ha apartado de lo que es parte importante de la fe católica.

Confesarse, más que cumplir con una obligación impuesta por la Iglesia, debe ser una decisión personal, tomada por quien está consciente de la necesidad de recibir el perdón por los pecados cometidos, algo que surge de su amor a Dios.

En los primeros siglos, por ejemplo, a nadie se le hubiera ocurrido decir que la participación en la Misa dominical era una obligación que implicaba pecado. Los cristianos asistían sin que hubiera que empujarlos para ello. Solo cuando los fieles comenzaron a faltar fue que la Iglesia puso énfasis en que se trataba de una obligación, con la que se cumplía el tercer mandamiento divino.

En el caso de la confesión me parece muy sensato que cada uno actúe de acuerdo a su propia convicción, pues nadie puede acercarse al sacramento penitencial sin fe en lo que hace, y sin el debido arrepentimiento de los pecados.

PECADO Y ABSOLUCIÓN

No se puede decir que Dios perdone, exactamente, en el momento mismo en que el sacerdote da la absolución al penitente. El perdón puede llegar cuando el pecador expresa a Dios su arrepentimiento sincero y total, que es lo que se llama "perfecta contrición". En este caso la absolución sacramental es una confirmación de lo que ya Dios ha otorgado.

Esta contrición no es suficiente si uno, deliberadamente, excluye la recepción del sacramento, pero lo es cuando el pecador, sin posibilidades de confesarse de inmediato, pero deseoso de volver a la gracia perdida, pide a Dios el perdón con el propósito de confesarse lo antes posible.

Dios, por medio de los signos externos que son los sacramentos, quiso destacar la dimensión pública de su relación con nosotros. Somos, ante todo, su Pueblo, algo que nunca deberíamos olvidar.

Aquellos que pretenden confesarse directamente con Dios, dando de lado al sacramento, no se dan cuenta de que lo que pretenden es escaparse por una vía fácil, pero absurda. Sin la dimensión pública y comunitaria de nuestra relación con Dios negamos toda la historia de la salvación, que ha sido el caminar de Dios junto a su Pueblo.

Arnaldo Bazán

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