DESPUÉS DE NAVIDAD

ARNALDO BAZÁN

Todo pasa tan rápido que apenas nos damos cuenta de que la Navidad ha pasado. Es más largo el tiempo de la preparación que la celebración misma.

Sin embargo, Navidad tiene un mensaje que no es para un solo tiempo sino para siempre. Por eso, no importa que la Fiesta pase pronto, pues puede ser para nosotros cada día del año.

El principal mensaje de la Navidad es que Dios nos ama tanto, que no tuvo a menos enviarnos a su propio Hijo para que se hiciera uno de nosotros. Esto, de por sí, ya es algo maravilloso. Más todavía cuando ese Hijo fue destinado, como bien claramente lo anunciaron las profecías, a cargar sobre sus hombros los pecados de todos, para pagar así la deuda de toda la humanidad.

San Pablo lo expresa claramente: "En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; - en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir -; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Romanos 5,6-8).

Estas palabras parecen ser un eco de las dichas por Juan en su evangelio: "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" (3,16-17).

LA NAVIDAD ES UNA REALIDAD INCREÍBLE

Ante estas palabras podríamos decir que resulta tan bueno que no podemos creer que sea así en realidad, pues tenemos una tendencia a lo utilitario, a sacar partido de todo, a ver lo que podemos ganar cuando hacemos algo, que al ver la total generosidad de Dios, que lo da todo a cambio de nada nos parece totalmente inconcebible.

Porque, si vamos a ver, ¿que es lo que busca Dios al salvarnos? ¿Es que acaso va a ganar Dios algo con eso?

Por supuesto que no. Nada de lo que nosotros hagamos le puede aumentar a Dios ni una pizca de gloria ni algo que pueda ofrecerle algún tipo de ventaja.

Se trata de puro amor. Difícil de entender, ¿verdad? Pero el amor de Dios nada tiene de mezquino, sino que trasciende cualquier tipo de limitación, como la que estamos nosotros acostumbrados a ver en casi todos los seres humanos.

El mismo Pablo, tratando de explicar lo que es el verdadero amor, usa palabras sublimes en su Primera Carta de los Corintios, palabras que seguramente conocemos, pero que pocos son capaces de llevar a la práctica.

Así dice el Apóstol: "La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. La caridad no acaba nunca" (13,4-8).

No olvidemos que la palabra "caridad" significa ese amor a toda prueba, el que Dios ha demostrado tener por nosotros.

LO MARAVILLOSO Y LO TRISTE

Esto es lo maravilloso de la Navidad y, precisamente, lo que muchos olvidamos fácilmente. Porque tendríamos que caer de rodillas y postrarnos por tierra al darnos cuenta de que quien nace es el mismo Dios que hizo el cielo y la tierra.

Sí, los cristianos lo sabemos en teoría, pero en la práctica nos resulta difícil entender lo que realmente pasó en la Navidad. Si lo entendiéramos sería una fiesta con una fuerza expansiva extraordinaria, que nos haría cambiar el rumbo de nuestras vidas en un viraje de 360 grados.

Y, ¿qué es lo que realmente pasa? Pues que la mayoría de nosotros sigue imperturbable su camino, después de disfrutar de las fiestas, como si nada hubiera ocurrido.

Eso es lo triste de la Navidad: "Que vino a los suyos y los suyos no lo recibieron" (Juan 1,11).

O como dice un bello cántico de estos días: "Cuando Dios vino a la tierra, el mundo no se enteró, hoy viene todos los días, ¿y acaso me entero yo?"

Esto aludiendo a que hoy Jesús se hace presente en los altares, y la gran mayoría ni caso le hace a esa realidad, tan ensimismados como están en sus juegos y sus trabajos, en sus preocupaciones y sus diversiones.

Es indiscutible que seguimos siendo los mismos descendientes de Adán y Eva. Pese a la redención realizada por Jesús, la humanidad se empeña en caminar hacia el despeñadero, y nos esforzamos por simplificar el mensaje de Cristo convirtiéndolo en bonitas palabras para ser recordadas solo como bellas poesías que entusiasman pero no convencen, que emocionan pero no cambian nuestros corazones ni nuestras vidas.

LA NAVIDAD ES UN MISTERIO

Esto tenemos que admitirlo. Y solo aquellos que tengan espíritu de pobres podrán acercarse, aunque sea de lejos, a su comprensión.

Por eso no fue casualidad que los únicos que recibieron el anuncio de lo que estaba ocurriendo, de acuerdo a san Lucas, fueron los pastores, o los Magos de Oriente de los que nos habla san Mateo.

¿Por qué pastores y magos? Pues porque Dios solo puede hablar a los corazones que están listos para escucharle, y esto suele darse solo en los desprendidos, los humildes y los entregados a hacer la voluntad de Dios. No se trata de condición social o económica. Se trata de condición del corazón.

Entre los pastores de Belén y los magos de Oriente mediaba una gran distancia social y económica. Es casi seguro que estos últimos solo fueran "magos", es decir, personas que por sus estudios y habilidades habían llegado a alcanzar una magnífica posición social por su influencia en los poderosos, y no reyes, como leyendas tardías se han empeñado en decirnos. Mateo solo los nombra como "magos".

Pero, aun así, eran gente rica, como lo demuestra el hecho de que vinieron de lejos trayendo regalos muy apreciados por aquel entonces: oro, incienso y mirra.

Esto significa que para Dios no hay acepción de personas. El no distingue entre ricos y pobres, entre blancos, negros, amarillos o cobrizos, entre sabios o ignorantes, con tal de que haya un corazón noble y generoso capaz de humillarse ante un Niño y descubrir en El al propio Dios.

"Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad", nos dice Pablo en su primera Carta a Timoteo (2,4).

Y para eso es que envía a su Hijo. Uno como nosotros en todo menos en el pecado.

De esa transformación, Pablo dice: "El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz" (Filipenses 2,6-8).

Este hacerse uno de nosotros no lo llevó a vivir de acuerdo a las categorías de los ricos y poderosos, sino todo lo contrario. Su humillación fue total, pues se trataba de curar la soberbia total que había llevado al hombre a la ceguera y la locura totales.

Por eso Jesús, desde el principio, se presenta como un pobre. Allá en Belén no había ni una cuna para él. Y no vayamos a creer que la gente de Belén era tan desalmada como la mediocridad que algunos comentaristas han querido hacer aparecer.

Esta gente de seguro recibió a José y María con hospitalidad, y los conduciría a esa cueva en la que no habría muchas comodidades, pues la mayoría de ellos vivía en la pobreza y no había lugar en sus casas. Luego aportarían los primeros mártires por la causa de Jesús, los Santos Inocentes.

Si Jesús nació en la mayor pobreza fue porque Dios nos quiso dar una lección, a nosotros que, desde el principio, nos hemos empeñado en poner los valores muy al revés de como lo hace Dios, y hemos pretendido creer que la felicidad se alcanza por medio de las riquezas y de la posesión de cosas materiales.

EL MENSAJE DE LA NAVIDAD

Sí, la Navidad encierra en sí misma todo el mensaje cristiano. Ella nos explica por qué la culpa de Adán y Eva, y de todos los Adames y Evas que han existido, con infinidad de nombres diferentes, necesitaba ser lavada.

Ella nos enseña el gran amor de Dios por nosotros, los seres humanos, pese a nuestra conocida tendencia al pecado y al desagradecimiento. Ella encierra los tesoros más ricos para que los descubramos con la inocencia de los pastores y la humildad de los magos.

Vayamos a Belén. Veremos que no se trata de un simple recuerdo envuelto en adornos con los que nos empeñamos olvidar lo trascendental. Tratemos de descubrir a ese Dios que viene a nosotros en forma tan precaria, que si lo logramos habremos asegurado la felicidad que El nos promete, y entonces habremos celebrado una Navidad por todo lo alto, aunque no hayamos tenido un solo regalo ni comido una sola golosina.

Nos habremos adueñado del mismo que vino a darnos salvación.

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