LA EUCARISTÍA COMO CENTRO
DEL ENCUENTRO CON DIOS

Arnaldo Bazán

Hay católicos que, por su falta de formación, son dados a poner su práctica religiosa en devociones que, por muy buenas que sean, no alcanzan el nivel de la participación en la Eucaristía.

En los primeros tiempos del Cristianismo, la Eucaristía era la que sostenía la espiritualidad de los discípulos de Jesús. Y debemos recordar que por entonces la celebración se hacía solamente los domingos, el día consagrado al Señor.

Así solían decir los cristianos de aquellos tiempos: "sin el domingo no podemos vivir".

No eran celebraciones apresuradas, como las que algunos ahora prefieren, dando fin a las mismas cuando el reloj les señala que se ha terminado el tiempo destinado a Dios.

Tampoco eran interminables. El tiempo dependía de las comunidades, pero todos disfrutaban de lo que se hacía, pues sabían que Dios estaba en el primer lugar de su existencia misma.

Fue también costumbre de aquellos tiempos, en que los días de la semana eran "alitúrgicos", o sea, sin la Eucaristía, el que los fieles llevasen a sus casas, con todo respeto, las hostias suficientes para comulgar cada día.

Aunque la presencia sacramental de Jesús era celosamente reservada en un lugar apropiado, esto fue trayendo sus inconvenientes que, después de un tiempo, llevó a la supresión de la práctica.

Por otro lado, se abrió también la posibilidad de la celebración diaria, que hacía innecesaria, para los que querían participar, el tener que llevar las formas consagradas a sus hogares.

Lamentablemente tuvimos que pasar varios siglos en que la participación activa sufrió un inmenso deterioro. Sobre todo en la iglesia de rito latino.

Usar el latín era normal, ya que la inmensa mayoría hablaba esta lengua, en los países dominados por el Imperio Romano. Pero, con el paso del tiempo, poco a poco el latín se fue transformando, dando paso a las lenguas "romances" o derivadas del latín, como lo son el italiano, el español, el francés, el portugués, y varias más.

Llegó un momento en que el latín ya no era hablado por la mayoría, pero en la Iglesia no se atrevieron a usar las "romances", que estaban en el proceso de convertirse de dialectos en verdaderas lenguas.

Con la permanencia de una lengua que ya no era entendible, muchos comenzaron a refugiarse en devociones que no tenían ni la profundidad ni la importancia de la Eucaristía. Se fue produciendo, poco a poco, un desencuentro entre el altar y los fieles, lo que trajo consigo ignorancia y abandono de la práctica dominical.

Esto, prácticamente, llegó hasta que el Concilio Vaticano II, cuando con toda razón se hizo posible el uso de las lenguas de cada lugar, permitiendo así que todos pudiesen entender lo que estaba sucediendo.

Podrían algunos replicar que, mucho antes del Concilio, que comenzó en 1962, ya muchos seguían la celebración con misales apropiados, por lo que podían entender lo que se decía.

Aparte de que hay países donde muchos son analfabetos, otros no tenían los medios para adquirir dichos misales. Pero, además, sería absurdo pensar que lo que se dice en alta voz, que solo lo entendían muy pocos, tuviera que ser leído en una traducción.Lo que se dice es para ser escuchado, no para ser leído.

Lentamente muchos perdieron el interés por ser parte de algo en el que no entendían lo que se decía, llevando a la deserción. No eran atraídos por algo en que realmente no se sentían parte integrante. Dejó de ser cierto lo que decían aquellos cristianos del principio, pues el domingo ya no era lo que llenaba sus vidas espiritualmente.

Lo que estoy diciendo lo he vivido yo, que fui ordenado antes del Concilio.

En el mismo Seminario, en que fui formado, y donde estudiábamos cuatro años de latín, por lo que podíamos entender lo que se decía, la Misa era una cosa en el altar y otra en los bancos.

Muchos de los seminaristas preferían leer libros piadosos o rezar el rosario durante la misma. Y cuando había una ocasión especial, los cantos llenaban una parte sin que realmente tuvieran relación con lo que se celebraba.

Al menos habían pasado aquellos tiempos en que hasta la comunión fue abandonada, pues apareció un grupo que logró convencer a una mayoría, hablo de la Iglesia Universal, de que no somos dignos de recibir la comunión, y se multiplicaron las exposiciones con el Santísimo Sacramento, pero desapareció la comunión.

Tuvo la Iglesia que poner, como una obligación, que por lo menos se comulgara una vez al año. Fue por esos tiempos en que apareció la devoción de los Primeros Viernes, en que se comulgaba para asegurar la salvación, aunque los domingos siguieran siendo para cumplir una obligación de estar presentes durante la Misa, sin que se diera importancia a la comunión en el día más indicado.

¿Cómo podríamos conservar la sublimidad de la Eucaristía si se le había quitado el verdadero significado?

Fue esto lo que nos devolvió el Concilio, aunque todavía hay que seguir trabajando en ello, pues pese a los años transcurridos, muchos católicos no han logrado captar la grandeza de lo que están celebrando.

Incluso hay quienes han declarado su guerra a las decisiones del Concilio, queriendo volver a los tiempos en que existía el divorcio entre el altar y el pueblo fiel. El clero por un lado y los fieles por otro.

Quieren volver al latín, a la Misa de espaldas, a dedicar un tiempo al Señor sin entender lo que se está realmente haciendo.

Lo que habíamos perdido y hemos recuperado gracias al Concilio es algo que tenemos que defender a toda costa. Tenemos que decir que NO a quienes pretendan separar a los católicos de una participación activa y consciente.

Que la Eucaristía sea, como lo quiso el Señor, el centro de la vida cristiana. Que es allí donde el alma se nutre doblemente con el alimento de la Palabra de Dios y del Cuerpo y la Sangre de Jesús.

Que nuestros niños aprendan a apreciar el amor que Dios nos tiene, al pertenecer a un pueblo que no puede vivir sin el Domingo.

Arnaldo Bazán

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