SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

ARNALDO BAZÁN

Al comenzar un Nuevo Año, la Iglesia ha querido dedicar su primer día a honrar a la Madre de Jesús, con el título de Madre de Dios.

Hay quienes se oponen a este título, pensando que es cual si fuera un sacrilegio, por cuanto es imposible para una mujer, siendo un ser humano, llegar a concebir a Dios.

Con todo, se trata de algo completamente anormal el que una mujer virgen conciba sin el concurso de un hombre. De modo que si creemos que María concibió a Jesús por obra del Espíritu Santo, tenemos que pensar que tal cosa solo pudo suceder porque así lo quiso el mismo Dios.

Jesús es una de las divinas Personas que componen la Santísima Trinidad, misterio insondable que la mente humana no puede comprender, pero sí aceptar, poniendo su fe en la revelación que Dios se encargó de darnos sobre Sí mismo.

De acuerdo a esto sólo hay un Dios verdadero, pero como una comu-nidad de Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tratar de explicar esto nos lleva a adentrarnos en un tema que sobrepasa nuestros límites. Por eso sólo podemos decir, con humildad: CREO.

Y así lo hacemos cada domingo y fiestas importantes todos los católicos cuando, después de la lectura del Evangelio y de la Homilía del que preside, proclamamos nuestra fe y decimos: "Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, y en Jesucristo, nuestro Señor, engendrado, no creado, y en el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo".

Esto es en síntesis lo que decimos, pues ya sabemos que el Credo, como tal, es mucho más largo.

SIN DEJAR DE SER DIOS

Al asumir la naturaleza humana en el vientre de María Santísima, la Segunda Persona de la Trinidad se convierte en un ser humano, en un verdadero hombre, sin dejar de ser Dios. Esto significa que en Cristo hay una Persona, la divina, pero con dos naturalezas, la divina y la humana.

María es pues la Madre de Dios en cuanto hombre, desde luego, pues sería imposible para ella serlo de la naturaleza divina de Jesús, pero al sólo tener una Persona divina, podemos decir sin vacilación que es Madre de Dios.

Eso fue, precisamente, lo que dijo Isabel, la pariente de María, cuando ésta la visitó en su casa, después que el ángel le reveló que Isabel estaba ya en el sexto mes de embarazo.

Así nos lo dice Lucas: Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? (1,41-43).

Esa expresión "madre de mi Señor" es lo mismo que decir "madre de mi Dios".

Nadie tiene que extrañarse, pues fue el mismo Dios quien nos lo dice por boca de Isabel, ya que aquella pariente de María nada podía saber de lo que estaba pasando en ella. ¿Cómo lo supo, pues? Está bien claro que se trató del Espíritu Santo que reveló a Isabel el misterio de lo que estaba ocurriendo en María.

PARA DIOS NADA HAY IMPOSIBLE

En María se hizo posible que Dios se hiciera hombre, sólo porque para Dios nada hay imposible, y el Espíritu Santo actuó en ella a fin de que pudiera concebir en su seno virginal a Jesús, a Aquel que había sido prometido para dar a todos los seres humanos la posibilidad de ser hijos de Dios.

Esa fue la respuesta del Creador a la soberbia del ser humano, que prefirió hacer caso a la tentación de Satanás, allá en el Jardín del Edén (Génesis 3,1-6). Éste dijo a la primera pareja que si desobedecía a Dios lograría tener el mismo poder divino.

La gran tentación de todos los tiempos ha sido para el ser humano pretender ser su propio dios, y el verdadero Dios responde a esa soberbia enviando su Hijo que, siendo Dios, no tiene a menos bajar hasta la pequeñez nuestra para salvarnos de la soberbia y del mal.

He ahí lo grandioso del amor de Dios. Como nos dice san Pablo: Mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros (Romanos 5,8).

También Juan, en su evangelio, nos viene a decir lo mismo: Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él (Juan 3,16-17).

El deseo divino de enviar a su Hijo como Redentor de la humanidad, se cumplió en María. Ella, humildísima sierva suya, sin mérito alguno de su parte, fue escogida para ser la Madre del Hijo que el Padre había engendrado desde toda la eternidad.

Con razón, pues, la llamamos Madre de Dios, pues aunque en su seno el Hijo asumió solo la naturaleza humana, El no tenía otra Persona que la divina. Así lo creemos y así lo proclamamos.

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