LA PORNOGRAFÍA

ARNALDO BAZÁN

Tal y como conocemos hoy la pornografía, hemos de pensar en un gran negocio que, utilizando todos los adelantos modernos, trata de sacar las mejores ganancias con la explotación de la curiosidad humana.

Es innegable que el ser humano, pero en especial el varón, siente una inclinación natural a mirar y admirar el cuerpo desnudo. Desde el momento en que el ser humano, con el fin de resguardarse de las inclemencias del tiempo, cubre parte de su anatomía, se abre una puerta a la curiosidad.

Los pueblos primitivos, que desconocieron el uso de las prendas de vestir, no parecen tener estos inconvenientes y nadie podría decir que presentan características especiales de inmoralidad.

Aunque el libro del Génesis nos muestra a Adán y Eva cubriendo su cuerpo a consecuencia del pecado (3,7-11), bien pudo ser esto una explicación del autor sagrado al hecho de que, en su tiempo, la gente anduviese vestida.

No quiero decir, por supuesto, que lo ideal sería que la gente volviese a la denudez primitiva, pues siguen existiendo la mismas razones que obligaron al ser humano, casi en todas las latitudes, a cubrir parte del cuerpo, generalizando con ello un sentimiento de pudor con el que debemos contar.

Por otro lado, el cuerpo humano es algo sagrado. No puede estar destinado al libertinaje sexual. Pero tampoco, por supuesto, debe ser considerado un engendro de Satanás.

Las palabras de san Pablo: "Y las partes que menos estimamos las vestimos con más cuidado, y las menos presentables las tratamos con más modestia" (1a.Corintios 12,23), hemos de tomarlas como fruto de la mentalidad de su tiempo. ¿Acaso hay partes en el cuerpo que estimemos menos o que consideremos realmente indignas?

Nadie puede negar que se ha exagerado el pudor, llegándose a veces a extremos inaceptables, lo que ha provocado, precisamente, una reacción también inaceptable por ser igualmente extrema.

Ni pensar que todo desnudo es malo ni que el cuerpo debe estar siempre cubierto, ni tampoco que se dé pábulo a la desvergüenza, exhibiendo no solo la desnudez, sino toda clase de acciones sexuales normales o aberrantes.

¿Quién puede trazar una línea divisoria entre lo que deba ser considerado moral o inmoral en este sentido?

Hay que aceptar que tal cosa es punto menos que imposible, ya que depende mucho de la formación personal de cada quien. Lo que para uno resulta natural y aceptable podría ser para otro un motivo real de provocación, ya que existen muchas obsesiones y desviaciones sexuales que pueden estar implicadas.

Con todo, sería absurdo afirmar que la pornografía tiene que ver, necesariamente, con el desnudo, o que todo desnudo debe ser considerado como pornográfico.

Ahí tenemos la obra de muchos verdaderos artistas que, al pintar cuerpos desnudos, no han hecho sino destacar la obra de Dios. Y esto mismo lo podríamos trasladar al campo de la fotografía o del cine.

Lo que ocurre es que por cada artista solemos encontrar cientos de individuos obsesionados por ganar dinero a como dé lugar, usando de los instrumentos de los artistas pero con un fin pervertido.

Ahí es donde surge, en realidad, la pornografía, que no es otra cosa que la presentación visual o literaria del sexo como un medio de provocación, que redunde en ganancias económicas a sus patrocinadores.

Todo se reduce, en realidad, a un gran negocio, pues desde antiguo se fue descubriendo que, si muchos estaban dispuestos a a pagar por el placer momentáneo que ocasiona la relación prostituida, también lo estarían por el goce visual de fotografías o películas, o por la lectura de temas picantes.

Los negociantes del sexo lograron "bañarse en oro" cuando las prohibiciones que pesaban sobre la pornografía fueron levantándose por casi todas partes, haciendo que del clandestinaje se pasara primero a la calle, con la venta pública de revistas o la exhibición abierta de películas, y luego a la intimidad del hogar a través de la television por cable.

La pornografía es, en realidad, un artículo para consumo ORDINARIO de personas con algún tipo de desviación sexual. Fíjense que recalco la palabra ORDINARIO, pues la gran mayoría de los que han leído revistas o visto películas pornográficas, lo han hecho por satisfacer una curiosidad primitiva y de manera ocasional.

No creo que una persona sexualmente normal se dedique a comprar revistas o ver pelculas de este tipo en forma habitual. Ello sería un síntoma claro de desviación más o menos grave, que se estudia en los tratados de patología sexual.

En todas las desviaciones que los seres humanos pueden padecer con referencia al sexo, siempre hay que distinguir lo que resulta HABITUAL, pues no se puede hacer un diagnóstico acertado basado solo en algo eventual, lo mismo que a una persona no se le puede considerar un alcohólico porque se haya emborrachado algunas veces en la vida.

Entiendo que, satisfecha la curiosidad, el individuo normal rechaza la pornografía. Pero los negociantes siempre tendrán un gran número de clientes en todos aquellos sexualmente desviados, sobre todo los que gozan fisgoneando en la oscuridad.

Lo peor de todo esto es el tremendo daño, a veces irreparable, que se hace a adolescentes y jóvenes, que así como pueden ser inducidos a la drogadicción, también son susceptibles, por la pornografía, de caer en el mundo infeliz de las desviaciones sexuales.

¿No es acaso un ser infeliz el que necesita ver una película pornográfica para luego ser capaz de unirse a su cónyuge? ¿No es un infeliz el que prefiere ver lo que otros hacen, poblando su mente de fantasías, porque es incapaz de vivir la realidad?

La pornografía es, ordinariamente, el alimento de seres sexualmente desviados, pero es también, lamentablemente, un poderoso instrumento de perversión que, en lugar de liberar, encadena tristemente a sus víctimas, condenándolas a un goce sexual neurótico, que nada tiene de bello ni de digno.

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