LA TENTACIÓN DEL NÚMERO

Arnaldo Bazán

Hace un tiempo se hicieron públicos los resultados de una encuesta a nivel de América Latina, en los que se deduce que la Iglesia Católica está perdiendo miembros en todo el sub-continente en forma constante.

Sin ponernos a averiguar sobre la seriedad de esta encuesta, que se supone ha significado una inversión de muchos millones, pues se afirma que fueron encuestados, cara a cara, unas treinta mil personas, creo que sus conclusiones son correctas.

Uno de los peligros que los dirigentes de la Iglesia corren, es caer en "la tentación del número".

Recuerdo que en una ocasión, contemplando el gran número de fieles que asistía a una procesión, una persona se me acerca y en tono victorioso, me dice: "¿Quién nos gana, padre?" Yo le respondí: "¿Cree Ud. eso? Pues yo no. Si aquí se desatara una persecución, lo más probable es que nos quedáramos un grupito insignificante".

Efectivamente, durante mucho tiempo se ha dicho que los católicos eran una abrumadora mayoría en América Latina. Ahora se dice que la Iglesia está perdiendo fieles todos los días.

Una cosa es cierta: Siendo el protestantismo - para usar un nombre que no corresponde realmente a todos - un conglomerado de grupos y sectas de las que se afirma que pasan de treinta mil, no es de extrañar que, con un trabajo agresivo, logren conquistar a muchos que antes se llamaban católicos.

Pero, ¿realmente lo eran?

Si nos contentamos con los millones que se declaran a sí mismos católicos, y no ponemos énfasis en el trabajo de evangelización y catequesis, no es raro que perdamos a la gente, cuando vengan otros a ofrecerles lo que parece ser mucho más fácil de aceptar.

Tenemos que pensar: ¿Cuántos de esos llamados católicos asisten a la Misa cada domingo, sin tener ninguna razón para no hacerlo?

¿Cuántos de esos llamados católicos están tratando de vivir de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia?

¿Cuántos de esos llamados católicos conocen, aunque sea someramente, lo que la Iglesia proclama como verdades de fe?

Nos quedaríamos avergonzados, si pudiéramos presentar una respuesta adecuada a éstas y otras preguntas, que definen lo que se requiere para ser católico.

Si nos contentamos con estadísticas que parecen favorecernos, estaríamos cometiendo un grave error, pues podríamos pensar que no hay que esforzarse demasiado cuanto hemos tenido tanto éxito.

Nunca un cristiano puede cruzarse de brazos pensando que ya se ha hecho bastante. Ese sería no solo un error, sino lo que es peor, un grave pecado, pues pensando así estaríamos dejando a las ovejas a merced de los que quieran atraerlas con falsas promesas.

Jesús fundó su Iglesia no como una institución que se mide por el número de sus miembros, sino como el Pueblo de Dios, formado por aquellos que se han comprometido a amar al Señor con todo el corazón y con toda el alma, y a sus prójimos como a sí mismos.

Este pueblo requiere de pastores que lo guíen a vivir de acuerdo a esos sagrados compromisos, enseñándoles las verdades que Jesús enseñó, y ofreciéndoles los medios que El instituyó.

La consigna de todo cristiano es llegar a los confines del mundo, para anunciar la Buena Noticia de la salvación conseguida por Jesús por medio de su muerte y resurrección.

Esto significa que la meta es conquistar a todos los seres humanos para que se salven. Esa fue la consigna que Jesús dio a sus apóstoles y discípulos: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mateo 28,18-19).

Eso significa que todos, sin excepción, han sido llamados a la salvación eterna, como afirma el apóstol Pablo: "Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos" (1 Timoteo 2,3-6).

Pero la salvación tiene que ser querida por cada uno de los que han sido llamados. Si bien Dios lo quiere, también nosotros tenemos que querer. Y eso requiere un esfuerzo de conversión.

Cuando cesaron las persecuciones de los tres primeros siglos, que hacían más difícil tomar la decisión de aceptar la salvación ofrecida por Jesús, fueron muchísimos los que comenzaron a pedir el Bautismo.

La Iglesia, con todo, no accedió sin más, sino que exigió, a todos los que deseaban bautizarse, un tiempo de preparación. Había que demostrar que se tenía la clara intención de abandonar la falsa religión de los ídolos, y de transformar una vida de pecado en una de gracia.

A este tiempo se le llamó "Catecumenado". Como llegaron a ser muchos los catecúmenos, se les permitía participar en la primera parte de la Eucaristía, para que se fueran instruyendo con las lecturas bíblicas y la predicación. Luego se les invitaba a salir, y solo se quedaban los que estaban bautizados.

Cuando los catecúmenos demostraban estar capacitados ya para el Bautismo, se les daba una última preparación previa al Bautismo, ordinariamente en el tiempo de Cuaresma, y se les bautizaba en la Vigilia Pascual.

Aquellos que no demostraban estar preparados, se les mantenía como catecúmenos, sin importar el tiempo que necesitasen para tomar una última decisión. Hubo catecúmenos que pasaron años antes de ser bautizados.

Esto nos demuestra que la Iglesia en aquellos tiempos no cayó en la tentación del número, sino que mantuvo el principio de que solo se puede ser verdadero cristiano, cuando uno está dispuesto a llevar una vida concorde con las enseñanzas de nuestro Divino Maestro.

Lamentablemente no se mantuvo esa posición, pensando que no se debía rechazar a nadie que pidiera el Bautismo, aunque no demostrase su intención de ser un seguidor de Cristo en su forma de vivir.

Esto nos ha llevado a tener millones de bautizados que viven realmente como paganos. Y en esa situación es fácil que alguien los convenza de que su religión es falsa, ya que en realidad lo es, pues aparentaban ser cristianos cuando en realidad vivían como paganos.

No tenemos que lamentar, pues, que haya quienes se "conviertan" a uno de los tantos grupos en los que se divide el Protestantismo, Evangelismo o como se quieran llamar.

Lo que realmente tenemos que lamentar es que, en la Iglesia, nos contentemos con creernos que tenemos muchos católicos, cuando en realidad son muchos menos de los que pensamos.

Si no cambiamos esa mentalidad, serán muchos más los que perderemos. Y por ello tendríamos que recordar las palabras de Jesús: "¿Quién de ustedes que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: "Alégrense conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido" (Lucas 15, 4-6).

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