TRADICIÓN:
LA TRANSMISIÓN
DE LA REVELACIÓN

Arnaldo Bazán

Mientras la mayor parte de los protestantes defienden que la Biblia es la única fuente de la Divina Revelación, la Iglesia Católica ha enseñado que junto a las Sagradas Escrituras debemos colocar también la Tradición.

Esto no es un capricho sino algo que pertenece al mismo sentido común, pues no podemos suponer que toda la Verdad revelada esté contenida en la Biblia.

San Juan termina su evangelio con estas palabras: Jesús hizo muchas otras cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros (21,25).

Aunque Juan parece exagerar a propósito, esto nos indica que muchas de las verdades enseñadas por Jesús no fueron recogidas en los libros que componen el Nuevo Testamento -parte cristiana de la Biblia -, sino que se transmitieron solamente de viva voz.

No debemos olvidar que durante un buen número de años no existió ni uno solo de los escritos que hoy conforman el Nuevo Testamento, y que el mismo Jesús y varios de sus apóstoles lo único que hicieron fue predicar.

San Pablo nos dice: Pero, ¿cómo invocarían al Señor sin haber antes creído en El? Y, ¿cómo creer en El si antes no se oyó hablar de El? Y, ¿cómo oír si no hay quien predique? Y ¿cómo iban a predicar sin ser en-viados? ¡Qué lindo es el caminar de los que traen buenas noticias! Aunque no todos obedecieron a la Buena Nueva, según lo que decía Isaías: "Señor, ¿quién ha creído en nuestra predicación?" Por lo tanto, la fe nace de una predicación, y lo que se proclama es la Palabra de Cristo (Romanos 10,14-17).

La Tradición es la transmisión oral de la Palabra de Dios que luego fue recogida por los escritores cristianos de los primeros siglos, especialmente los que la Iglesia llama Santos Padres.

Algo parecido ocurrió en el Antiguo Testamento, pues la predicación de los profetas, por ejemplo, fue anterior a la publicación de los libros que recogen el resumen de sus ideas.

A este propósito dice el Concilio Vaticano II: La Tradición y la Escritura están estrechamente unidas y compenetradas; manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal, corren hacia el mismo fin. La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo. La Tradición recibe la palabra de Dios, encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los Apóstoles, y la transmite íntegra a los sucesores, para que ellos, iluminados por el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación. Por eso la Iglesia no saca exclusivamente de la Escritura la certeza acerca de todo lo revelado. Y así ambas se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción. (Constitución "Dei Verbum", número 9).

Los hermanos separados, al rechazar la Tradición, se están perdiendo del agua de una fuente maravillosa, pues hemos de suponer que si una verdad no aparece tan claramente en la Biblia, pero consta en los escritos cristianos de los dos primeros siglos, en forma reiterada, en porque encuentra sus fundamentos en la predicación de Jesús y sus apóstoles.

No hay un solo lugar en el Nuevo Testamento, por ejemplo, que nos diga cuáles son los libros que lo componen. Si aceptamos como parte de la Biblia los veintisiete libros que tanto católicos, como ortodoxos y protestantes vene-ramos como Palabra de Dios, es únicamente por la Tradición.

No hay tampoco una explicación clara de cómo los discípulos fueron abandonando la guarda del Sábado para celebrar el Día del Señor, el primero de la semana, pero los datos que aporta la Tradición no dejan lugar a dudas.

Por eso puede decirnos la Iglesia: La Tradición y la Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia. Fiel a dicho depósito, el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre en la doctrina apostólica y en la unión, en la eucaristía y la oración (cf. Hechos 2,42), y así se realiza una maravillosa concordia de pastores y fieles en conservar, practicar y profesar la fe recibida (Constitución "Dei Verbum", número 10).

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