¿A QUÉ VAMOS A LA IGLESIA?

ARNALDO BAZÁN

Estoy seguro que si formulásemos esta pregunta en público, la mayoría respondería que a la Iglesia se va a rezar.

¿Cierto? Bueno, no totalmente.

Muy claro que todo lo que solemos hacer en la iglesia es, de alguna manera, oración, pues el principal objetivo que nos lleva allí es la unión con Dios. Pero hay que distinguir entre las distintas actitudes que podemos tener, a fin de poder sacar mayor provecho a nuestras visitas a la iglesia.

LUGAR DE REUNIÓN

La palabra "iglesia" nos da una buena pauta para entender una de las cosas más importantes que vamos a buscar allí. La misma significa "reunión" o "congregación".

En nuestra casa, en la calle, en la oficina, y hasta en el cine o en un parque podemos rezar, pero no es usual que en dichos lugares "nos reunamos" a orar. Claro que el hogar, como "pequeña iglesia", debería ser también un lugar de encuentro de los miembros de la familia para orar juntos, como ha sido tradición en el Cristianismo.

Vamos, pues, a la iglesia, principalmente, porque allí "nos reunimos" los hermanos que estamos "unidos" por ese vínculo común que es la gracia de Dios, la que nos ha hecho hijos de Dios y por tanto miembros de su familia.

Nadie duda que a la iglesia podemos ir en forma individual para orar, pero eso lo hacemos en algunas horas del día en que no hay celebraciones. Todo el que pueda debería ir con frecuencia a estar delante del Santísimo Sacramento y dedicar un buen rato a estar en intima comunión con el Señor.

Hay personas que lo necesitan para estar tranquilos y en silencio, pues en el hogar resulta a veces imposible, sobre todo si tienen niños pequeños, los que por regla general suelen ser alborotadores y acaparadores del tiempo de los padres.

Con todo, ese edificio que nos acoge es, por encima de todo, Casa de Dios y hogar de sus hijos, donde acudimos a ofrecer, como Pueblo suyo, el homenaje agradable al Padre, pues lo hacemos junto a Jesús, en quien El tiene su complacencia.

PALABRA Y SACRIFICIO

La Liturgia católica - y también la de las iglesias ortodoxas -, mantienen ese equilibrio admirable que enriquece el culto que se ofrece a Dios.

Hay algunas confesiones cristianas que, aunque han querido mantener la Eucaristía, han perdido la debida sucesión apostólica que hace posible a sus pastores realizar legítimamente la Consagración, por lo que no gozan de la presencia de Cristo en el sacramento eucarístico.

La mayoría de las congregaciones separadas del catolicismo se han aferrado a un servicio de Palabra y oración, mucho más cerca de la sinagoga que de las comunidades cristianas primitivas.

Indiscutiblemente la Palabra tiene una importancia capital en toda celebración cristiana. No tenemos más que recordar que no hay una celebración católica que no tenga lecturas de la Biblia, sea de la Eucaristía como la de los demás sacramentos. Hasta una bendición debería estar siempre acompañada de una lectura, como suele indicar el ritual correspondiente.

EL ALTAR, CENTRO DE LA IGLESIA

En toda iglesia católica el altar ocupa el lugar privilegiado. Esto no significa que se menosprecie la dignidad de la Palabra, pues la misma es afirmada con la presencia del AMBÓN o lugar desde donde ésta es proclamada.

El altar debe su lugar al hecho de que es allí donde se hace presente Cristo de una manera real, aunque bajo los velos de las especies sacramentales de pan y vino, tal y como lo dispuso el Señor al instituir este Sacramento en la Última Cena.

El altar, tanto en el Templo de Jerusalén como en los templos paganos, era el lugar donde se derramaba la sangre de los sacrificios. El altar cristiano se unifica con la mesa familiar para compartir aquello que se ofrece, pues nuestra Victima ya derramó su sangre una vez por siempre, de modo que renueva en forma incruenta lo que una vez hiciera cruentamente.

Es que Jesús, además de Victima es también el Sacerdote que preside todas nuestras celebraciones, y en la Eucaristía se nos da en comida y bebida, haciendo realidad lo que anunciara al decir: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida" (Juan 6,55).

ASAMBLEA OFICIAL

Muchos católicos hay que no acaban de entender que la participación en la Asamblea Eucarística o Misa dominical, tiene que ser parte esencial de su vida, si quieren seguir siendo discípulos de Jesús.

Si uno puede orar en cualquier parte, cuando se trata de la Eucaristía hay que ir, ordinariamente, a la iglesia, sobre todo los domingos. Para recalcar la importancia de la participación en ese día, suelen estar prohibidas las celebraciones en capillas u oratorios privados, pues lo que se busca es resaltar lo que fue una constante desde los primeros tiempos: el Pueblo de Dios se reúne en Asamblea Oficial una vez a la semana.

Esto, que en el Antiguo Testamento se hacia los sábados en la sinagoga, lo hacemos ahora los cristianos el "Día del Señor" o Domingo, y todo el que se considera como tal no pone excusas para faltar, sino que, por el contrario, hace todo lo posible por asistir.

Ya lo decía san Justino Mártir en el siglo II: "Sin domingo no podemos vivir". Lógicamente este testigo se refería a la participación en la Eucaristía.

Para eso vamos fundamentalmente a la iglesia. Esta suele ser su razón de ser. Solo para orar no tendríamos necesidad de un edificio, pues con un oratorio pequeño sería suficiente si se tratara de algo individual y privado.

Pero el cristiano no solo ora en privado sino también en público. No solo busca el silencio y la soledad sino también la compañía de los hermanos. Y el lugar de encuentro entre los miembros de la familia de Dios es la iglesia, donde juntos sentimos la presencia de Dios y le ofrecemos nuestra adoración, presididos por Aquel que derramó su sangre para salvación de todos.

NOTA: Uso la palabra "iglesia" en minúscula para referirme al edificio donde nos congregamos. La palabra "Iglesia" con mayúscula significa el conjunto de todos los que seguimos a Cristo como nuestro único y verdadero Salvador.

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