SOLEMNIDAD DE LA
ASCENSIÓN DEL SEÑOR


LECTURAS:

PRIMERA

Hebreos 1,1-11

Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, con una superioridad sobre los ángeles tanto mayor cuanto más les supera en el nombre que ha heredado. En efecto, ¿a qué ángel dijo alguna vez: = Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy; y también: Yo seré para él Padre, y él será para mi Hijo? Y nuevamente al introducir a su Primogénito en el mundo dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios. Y de los ángeles dice: El que hace a sus ángeles vientos, y a sus servidores llamas de fuego. Pero del Hijo: Tu trono, ¡oh Dios!, por los siglos de los siglos; y: El cetro de tu realeza, cetro de equidad. Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad; por eso te ungió, ¡oh Dios!, tu Dios con óleo de alegría con preferencia a tus compañeros. Y también: Tú al comienzo, ¡oh Señor!, pusiste los cimientos de la tierra, y obras de tu mano son los cielos. Ellos perecerán, mas tú permaneces; todos como un vestido envejecerán.

SEGUNDA

Efesios 1,17-23

Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de su corazón para que conozcan cuál es la esperanza a que han sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero. Bajo sus pies sometió todas la cosas y le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo, la Plenitud del que lo llena todo en todo.

EVANGELIO

Marcos 16,15-20

Y les dijo: "Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien". Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.

COMENTARIO

Si desea escuchar el comentario en la voz de su autor, Padre Arnaldo Bazán, haga click aquí:

Ascensión

La Ascensión de Jesús, después de haber resucitado, es como la culminación de la misión que el Padre le había confiado.

Es importante que tengamos en cuenta que Jesús es el Hijo de Dios “hecho hombre”, es decir, que si bien estuvo como “el Hijo” al lado del Padre desde toda la eternidad, ahora lo estará también como “hombre”, aunque su cuerpo resucitado no es ya exactamente el mismo que tenía en la tierra, sino glorioso.

Recordemos lo que nos dice san Pablo: “El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Filipenses 2, 6-8).

No nos es posible en nuestra condición actual poder entender cómo el Hijo pudo, al mismo tiempo, mantener su condición divina y humana. Tampoco su relación con el Padre y el Espíritu Santo en cuanto a Dios.

¿Estaba Jesús simultáneamente en la tierra y en el cielo, o su divinidad quedó como opacada, temporalmente, por su humanidad?

No tenemos realmente una respuesta a esta pregunta. Y hemos de dejar dicho tema para cuando, ya en el Reino, tengamos quizás la capacidad para entenderlo.

En definitiva, poder entender tan alto misterio no nos es necesario para la salvación, y como otras muchas verdades sobre Dios, ni El mismo podría explicárnoslas claramente por no ser capaces nosotros de asimilarlas.

El autor de la Carta a los Hebreos nos resume la idea de lo que estamos diciendo, al explicarnos que si antes Dios había hablado al pueblo de Israel por medio de los profetas, en esta nueva etapa de la humanidad nos ha hablado a todos por su Hijo.

Este Hijo, muy superior a los ángeles, ya que es el heredero de todo y tiene la misma sustancia divina, por quien todo fue hecho, realizó la purificación de nuestros pecados por su entrega a la voluntad de su Padre, padeciendo en lugar nuestro para que consiguiéramos la salvación.

Cumplida, pues, su misión, “se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (1,3), palabras humanas para significar que regresó de nuevo al lugar que le pertenecía.

Todo lo referente a la vida de Dios, Uno y Trino, es algo tan sublime que nuestras pobres inteligencias no son capaces siquiera de imaginar.

Lo cierto es que la venida del Hijo de Dios a la tierra fue la obra del amor de Dios por nosotros. Las tres divinas personas, gozando de una felicidad inimaginable para las simples criaturas, se han ocupado de quienes nada merecemos. La obra de la salvación, simple y sencillamente, es toda de Quien nos creó por amor.

La idea expresada en la Carta a los Hebreos la completó san Pablo diciendo: “Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2,9-11).

Todo esto significa que los cristianos hemos recibido una revelación que nos obliga a llevarla a todos los hombres y mujeres del mundo, no como una imposición, sino como un anuncio de gracia, ya que es la GRAN NOTICIA que todos deben saber.

Pero para poder compartirla tenemos primero que vivirla. Si hoy la gran mayoría de los seres humanos no son cristianos, es porque no hemos sabido llevarles la alegría de saber que hemos sido salvados por Jesucristo, el Señor y Salvador.

Esto no es una opción sino un mandato. Así nos lo dice: “Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Marcos 16,15-16).

Lo que está en juego, pues, es la eternidad. Aceptar a Jesús como Salvador es una condición, que requiere también la posibilidad de conocerlo.

Una parte de la humanidad no ha tenido la oportunidad de conocerlo sin que se la pueda acusar de haberlo rechazado.

Aquellos que viven en la ignorancia, pero buscan de corazón a Dios, practicando el bien para con sus semejantes, también están en camino de salvación, pues el Señor murió por todos y cada uno de los humanos.

Subiendo al cielo Jesús regresa a la Casa del Padre. Y El nos prometió: “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, se lo habría dicho; porque voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y les tomaré conmigo, para que donde esté yo estén también ustedes (Juan 14,2-3).

¡Qué consoladoras son estas palabras! ¡Qué triste sería que teniendo un lugar asegurado, lo vayamos a perder por no haber sabido cumplir en esta vida la voluntad de Aquel que murió por nosotros!


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