SEXTO DOMINGO
DE PASCUA


LECTURAS:

PRIMERA

Hechos 10,25-26

Cuando Pedro entraba salió Cornelio a su encuentro y cayó postrado a sus pies. Pedro le levantó diciéndole: "Levántate, que también yo soy un hombre".

SEGUNDA

1 Juan 4,7-10

Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.

EVANGELIO

Juan 15,9-17

"Como el Padre me amó, yo también les he amado a ustedes; permanezcan en mi amor. Si ustedes guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Les he dicho esto, para que mi gozo esté en ustedes, y su gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo les he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. No los llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a conocer. No me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a ustedes, y los he destinado para que vayan y den fruto, y que su fruto permanezca; de modo que todo lo que pidan al Padre en mi nombre se los conceda. Lo que os mando es que se amen los unos a los otros".

COMENTARIO

Si desea escuchar el comentario en la voz de su autor, Padre Arnaldo Bazán, haga click aquí:

Pascua 6

En la primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, se nos narra la conversión de un militar romano de nombre Cornelio. Era un centurión, es decir, un oficial al cargo de cien hombres, y estaba destacado en la ciudad de Cesarea.

Según se nos dice, este hombre no era judío, sino romano, pero era una persona piadosa y temerosa de Dios. No sabemos si se había hecho prosélito de la religión judía, o siendo pagano respetaba todas las creencias.

Lo cierto es que era muy apreciado por los judíos, pues de él recibían muchos favores, dada su amabilidad y espíritu generoso.

Esto le ganó a Cornelio el recibir una visión en la que un ángel le ordena mandar a buscar a Pedro, que en esos momentos se encontraba en Jope, a un día de camino de Cesarea.

Mientras, para preparar este encuentro, el propio apóstol tuvo también otra visión en la que se le mostraban toda clase de los animales que la ley prohibía consumir a los judíos. Pedro se resistía a comer de ellos como una voz le ordenaba, a lo que se le respondía: “Lo que Dios ha purificado no lo llames tú profano”.

Pasada la visión Pedro no comprendía el significado de lo que se le quería decir. Cuando llegaron los hombres que envió Cornelio, él aceptó ir con ellos, acompañado de algunos cristianos de Jope.

Fue en casa de Cornelio, después que éste le contó su propia visión, que Pedro comprendió que lo que Dios había querido decirle, era que para El no existe acepción de personas y que todos los seres humanos han sido redimidos por la muerte de Cristo.

Cornelio había invitado a los miembros de su familia y algunos amigos, y Pedro se dispuso a evangelizarlos, ya que veía que estaban gratamente dispuestos a escucharlo.

Para su sorpresa, y sin haber terminado todavía de hablar, el Espíritu Santo hizo irrupción en aquella casa, y todos comenzaron a glorificar a Dios y hablar en lenguas, como les había ocurrido a los cristianos presentes al recibirlo, que se quedaron atónitos al ver lo que estaba ocurriendo.

Fue entonces cuando Pedro ordenó bautizar a todos los que estaban en la casa, pues se dio cuenta de que los paganos presentes habían recibido ya la gracia de Dios y sólo faltaba confirmar lo que el Espíritu Santo había adelantado.

Estos fueron los primeros paganos o gentiles, como los judíos les llamaban, que recibieron el fruto sacramental del sacrificio redentor de Cristo.

Con todo, los cristianos judíos tuvieron que madurar para poder aceptar que los paganos, sin tener que aceptar las prácticas judías, se incorporasen a la Iglesia con pleno derecho.

Fue san Pablo el gran campeón de la evangelización de los gentiles, pues habiendo perseguido a la Iglesia, supo comprender mejor que nadie que la muerte de Jesús, que lo llamó en el camino hacia Damasco, era el gran don que el Padre Dios daba a toda la humanidad.

Cristo no vino a la tierra a salvar a un pequeño grupo de elegidos. Dios ve en cada ser humano a uno de sus hijos. No nos impone su voluntad, pero nos propone su amor y su perdón. El nos quiere a todos salvados.

Ese fue el mensaje que Jesús nos comunicó, con tal de que nos convirtamos a la vivencia del amor.

De esto, precisamente, nos habla en el evangelio de hoy. Sus palabras fueron pronunciadas en el marco de la Ultima Cena. Allí, en intimidad con sus apóstoles, les abre su corazón, y les deja lo que se ha dado en llamar su testamento.

Él lo dice claramente: “Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando”.

Ya desde el Antiguo Testamento Dios había dado a los judíos el mandamiento del amor. Cuando a Jesús alguien lo interroga sobre el mandamiento más importante de la Ley, El le responde: “El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos” (Marcos 12,29-31).

Sin embargo, en la Ultima Cena él quiere darnos un mandamiento nuevo. Podríamos notar que al prójimo, de acuerdo a lo dicho en la Ley, tenemos que amarlo como nos amamos a nosotros mismos. Sin embargo, Jesús recalca que su deseo es que nos amemos “como El nos ha amado”.

De ahí que recuerde también que no hay amor más grande que el que da la vida por el que ama.

Así como El demostró su amor por nosotros, debemos estar dispuestos a dar la vida, si fuere necesario, para demostrar nuestro amor por quien o quienes decimos amar.

¡Qué distinto seria si los cristianos estuviésemos poniendo en práctica ese amor que Jesús nos ha dado como un mandamiento suyo! Todo cambiaría y el mundo sabría a pan y hogar.

Lamentablemente estamos lejos de ese ideal. Incluso entre los esposos no siempre se consigue.

Así que tenemos por delante una tarea que realizar, pues sólo ese amor es que puede cambiar el mundo.


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