SOLEMNIDAD DE LA
NAVIDAD DEL SEÑOR


LECTURAS:

PRIMERA

Isaias 5,7-10

Qué bien venidos, por los montes, los pasos del que trae buenas noticias, que anuncia la paz, que trae la felicidad, que anuncia la salvación, y que dice a Sión: "¡Ya reina tu Dios!" Escucha, tus centinelas alzan la voz y juntos gritan jubilosos, por lo que han visto con sus propios ojos: ¡Yavé regresando a Sión! Griten de alegría, ruinas de Jerusalén, porque Yavé se ha compadecido de su pueblo y ha rescatado a Jerusalén. Yavé, el Santo, se ha arremangado su brazo a la vista de las naciones, y han visto, hasta los extremos del mundo, la salvación de nuestro Dios.

SEGUNDA

Hebreos 1,1-6

En diversas ocasiones y bajo diferentes formas Dios habló a nuestros padres por medio de los profetas, hasta que en estos días, que son los últimos, nos habló a nosotros por medio del Hijo, a quien hizo destinatario de todo, ya que por él dispuso las edades del mundo. El es el resplandor de la Gloria de Dios y en él expresó Dios lo que es en sí mismo. El, cuya palabra poderosa mantiene el universo, también es el que purificó al mundo de sus pecados, y luego se sentó en los cielos, a la derecha del Dios de majestad. Ahora, pues, él está tanto más por encima de los ángeles, cuanto más excelente es el Nombre que recibió. En efecto, ¿a qué ángel le dijo Dios jamás: Tú eres mi Hijo, yo te he dado la vida hoy? ¿Y de qué ángel dijo Dios: Yo seré para él un Padre y él será para mí un Hijo? Al introducir al Primogénito en el mundo, dice: "Que lo adoren todos los ángeles de Dios".

EVANGELIO

Juan 1,1-18

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y clama: «Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.» Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.

COMENTARIO:

Si desea escuchar el comentario en la voz de su autor, Padre Arnaldo Bazán, haga click aquí:

Navidad

La primera Navidad, aquella en la que Cristo nació en la mayor pobreza y soledad, no tiene nada que ver con lo que muchos hoy celebran.

Pero, con todo, debemos felicitarnos de que, al menos indirectamente, se recuerden de que lo que da sentido a estas festividades es Jesús que nace para salvarnos.

Los cristianos estamos llamados a devolver a la Navidad, al menos en nuestro hogar y nuestras vidas, el profundo significado que debe tener.

No porque nos neguemos a participar de lo externo, que también es valioso, sino porque ponemos el énfasis en los valores espirituales y en el compromiso solemne de hacer de nuestras vidas una consagración al servicio de nuestros hermanos y de la salvación del mundo.

ORIGEN DE LA NAVIDAD

A nadie se le ocurrió averiguar el día exacto del nacimiento de Jesús. No existían por entonces los registros que hoy tenemos. Por otro lado, los primeros discípulos preferían recordar lo que era el centro y esencia de sus celebraciones: la muerte y resurrección de Cristo.

Así, pues, pasaron muchos años, sin que se echara de menos una fiesta especial para recordar el nacimiento del Salvador.

La idea la dieron los paganos. Estos celebraban cada año, el 25 de diciembre, el nacimiento del Sol Invicto, tenido como un dios, ya que la fecha coincidía con el solsticio de invierno, en que la duración de la noche llega a su máximo y comienza entonces el día, poco a poco, a crecer.

Parece que la fiesta adquirió gran magnitud y popularidad, lo que hizo sentir molestos a muchos cristianos, que veían tanto derroche festivo dirigido a honrar una falsa imagen de la divinidad. Esto inspiró a algunos la idea de recordar en ese día la Natividad del Señor Jesús, el Sol de Justicia que vino para iluminar a toda la humanidad.

Si antaño se cristianizó lo pagano, en los tiempos presentes ha ocurrido todo lo contrario: lo cristiano se ha paganizado.

Y aunque no todo está perdido, desde luego, y mucho es lo que podemos aprovechar de todo este tremendo movimiento que generan las fiestas navideñas, es innegable que no podemos aceptar que el personaje principal sea Santa Claus, ni que el símbolo más importante resulte ser un árbol, por más adornado que esté.

Una forma, pues, de contrarrestar todo eso sería nuestra decisión de hacer que Jesús ocupe el lugar que le corresponde: el centro de toda la fiesta.

En primer lugar, poniendo un Nacimiento, por pequeño que sea, en nuestro hogar, junto al árbol tradicional. No hay que eliminar éste para poner aquél. Los dos caben y los dos pueden ser símbolos hermosos de lo que celebramos.

IGLESIA Y HOGAR

La Navidad debe centrarse en la iglesia y el hogar. Los cristianos debemos de insistir en que no puede haber una verdadera celebración si no participamos de la Liturgia propia de la fiesta, sea en la medianoche o durante el día.

Por otro lado, ésa es una ocasión especial para estar reunidos en familia, compartiendo alegremente todos los miembros de ella.

Hasta los regalos deben tener el sentido de símbolo del mayor regalo que todos hemos recibido de Dios: su propio Hijo, nuestro Salvador y Redentor.

Por eso es importante que esté presente en estas fiestas nuestra gratitud a Dios, nuestro reconocimiento de que sabemos lo que El nos ha dado en la persona de su Hijo.

Si la Navidad no nos ayuda a progresar y no deja a su paso un verdadero mejoramiento en nuestra vida cristiana, es que la hemos celebrado a medias, sin permitir que nos entregue sus mejores frutos.

LA NAVIDAD ES JESÚS

Cuando hablamos de la Navidad nos estamos refiriendo, necesariamente, al tiempo más bello del año. Esto es indiscutible.

Pero, ¿qué es lo que hace que estos días tengan esa gracia tan especial?

Desde tiempos muy antiguos muchos han ido contribuyendo a este esplendor maravilloso: pintores, músicos, escritores, poetas y artistas de otros géneros han aportado algo de su talento para hacer de la Navidad la fiesta más agradable del año.

¿Qué otra fiesta tiene a su alrededor un folklore tan organizado?

Sólo de oír una melodía decimos: ¡Estamos en Navidad!

Sólo al ver las guirnaldas y arbolitos exclamamos: ¡Estamos en Navidad!

Sólo al oler las comidas obligadas, propias de este tiempo, sabemos que: ¡Estamos en Navidad!

Sólo al gustar las ricas golosinas y las frutas tradicionales conocemos que ¡estamos en Navidad!

Sólo al sentir el frío en nuestra piel recordamos que: ¡estamos en Navidad!

Pero, ¡ojo!, la Navidad no es sólo la fiesta de los sentidos corporales. Si la redujéramos a eso la estaríamos empobreciendo considerablemente.

Por desgracia, con todo lo bella que es esta fiesta, puede pasar sin verdadera trascendencia si nos empeñamos en convertirla en un pretexto para comer y beber, para divertirnos insensatamente, sin saber ni por qué ni para qué.

Nunca deberíamos olvidar que si esta fiesta ha despertado, a lo largo de tanto tiempo, la inspiración para tantas obras de arte es porque se trata de algo que trasciende los sentidos.

La Navidad tiene que ser, para lograr autenticidad, la fiesta del Espíritu. Eso ha sido, ciertamente, para muchos millones de personas.

Lo que celebramos es un cumpleaños, el aniversario de un nacimiento, pero es posible que, para algunos, tal cosa pase totalmente desapercibida.

Sin embargo, ¿piensan ustedes que un recuerdo tan constante, durante tantos siglos, no significa algo?

¿Podríamos suponer que otro personaje cualquiera, por importante que haya sido en la Historia, habría despertado tanto entusiasmo?

Estimo que no. Es indiscutible que han existido grandes luminarias en el humano saber, así como formidables estadistas, insignes guerreros y maravillosos artistas. Pero, ¿a quién se le ocurre dedicar, no sólo un día, sino toda una temporada del año, a celebrar su nacimiento?

EL GRAN AUSENTE

Pese a todo, creo justo y verdadero señalar que en las fiestas de Navidad Jesús es el gran ausente.

Es muy cierto que se trata de su nacimiento lo que nosotros celebramos, pero se ha arrebatado a estas efemérides gran parte de su verdadero significado.

Parece como si la gran preocupación de estos días se cifrara en quedar bien con los amigos, a quienes tenemos que hacer algún regalo.

Esto es una trampa en la que hemos caído, al tambor batiente de la publicidad comercial interesada en aprovechar la temporada para vender más.

Pero, ¿qué es lo que nos pasa? Pues se supone que quien debería recibir los regalos es Aquel cuyo nacimiento celebramos.

¿No será que, a fuerza de no querer mirarlo, preferimos disimular intercambiando regalos que nada resuelven pero que, no pocas veces, ocasionan un desbarajuste en la economía familiar?

Jesús ya no está en su cuna. Es muy cierto. Ni necesita de corderos o quesos, como se supone le llevarían los pastores. Ni oro, incienso o mirra, como dice san Mateo que le obsequiaron los magos de Oriente.

El, en realidad, no quiere nuestros regalos, sino que lo aceptemos a El como el gran regalo que hace Dios a la humanidad.

Para eso ha nacido. Para eso ha venido. El es Aquel cuyo nacimiento fue anunciado por un ángel de esta manera: "- No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será también para todo el pueblo: Les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor" (Lucas 2,10-11).

Vayamos también nosotros a adorarlo. No permitamos que Jesús sea el gran ausente de la Navidad.

¡Feliz Navidad!

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