21 DE ENERO:
SANTA MARÍA DE LA ALTAGRACIA
PROTECTORA DEL PUEBLO DOMINICANO


LECTURAS:

PRIMERA

Isaías 7,10-15

Volvió Yahveh a hablar a Ajaz diciendo: «Pide para ti una señal de Yahveh tu Dios en lo profundo del seol o en lo más alto». Dijo Ajaz: «No la pediré, no tentaré a Yahveh». Dijo Isaías: 'Oigan, pues, casa de David: ¿Les parece poco cansar a los hombres, que cansan ustedes también a mi Dios? Pues bien, el Señor mismo va a darles una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel. Cuajada y miel comerá hasta que sepa rehusar lo malo y elegir lo bueno.

SEGUNDA

Gálatas 4,1-7

Pues yo digo: Mientras el heredero es menor de edad, en nada se diferencia de un esclavo, con ser dueño de todo; sino que está bajo tutores y administradores hasta el tiempo fijado por el padre. De igual manera, también nosotros, cuando éramos menores de edad, vivíamos como esclavos bajo los elementos del mundo. Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que ustedes son hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios.

EVANGELIO

Lucas1,26-38

Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». María respondió al ángel: ¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

HOMILÍA:

Para escuchar la Homilía en la voz de su autor, P.Arnaldo Bazán, vaya a:

ALTAGRACIA

Cuando se trata de nuestra relación con Dios tenemos que decir que todo es obra de su gracia. ¿Por qué gracia? Porque la palabra gracia elimina todo mérito personal, ya que es simplemente la decisión del propio Dios, para quien nada es imposible, como le recuerda Gabriel a María al anunciarle que sería nada menos que la madre del Hijo de Dios (Lucas 1,31).

Si todo es gracia, la que recibe María tiene que ser considerada la más alta que un pobre mortal puede recibir.

Recordemos que Dios, en su poder infinito, tomo la decisión de salvar al género humano que El mismo había creado. Pudo haber destruido su creación y hacer de nuevo algo mucho mejor, pero sin embargo optó por usar de su misericordia infinita para perdonar a esos hombres y mujeres que puso en la tierra y no paraban de desobedecer sus mandatos.

Y se inventó un medio que a los propios humanos podría parecer disparatado, algo que solo podría ser concebido por el mismo Dios. Siendo como era Uno y Trino, pensó en su Hijo como el medio apto para llevar la salvación a los desobedientes. Lo enviaría a la tierra para que se comportara como uno más entre ellos, menos en el pecado.

Pero, ¿lo enviaría disfrazado? ¿Aparecería ante los ojos de la gente como un ser humano sin realmente serlo? Era ciertamente una posibilidad, pero no digna del Altísimo. Haría de El un verdadero ser humano. Pero, ¿cómo? Pues para que lo fuera de verdad, y no como Rafael, el arcángel que se apareció a Tobías como tal, necesitaba que naciera de una mujer.

A Dios nunca le ha gustado tomar decisiones apresuradas. Las suyas se van preparando poco a poco, de modo que, en esta ocasión, comenzó por designar a alguien que iniciara un nuevo pueblo que sería elegido para preparar el advenimiento de su Hijo en la tierra.

Así fue como llamó a Abraham para que realizara esta labor (Génesis 12,1). Este era un hombre de fe, que supo pasar las pruebas que se le hicieron, y así nació el pueblo de Israel.

Decía san Pedro que para Dios "un día es como mil años y, mil años, como un día" (2 Pedro 3,8). Y fueron más de mil años los que transcurrieron desde Abraham hasta la venida de Jesús. Y es entonces que entra en escena la pobre doncella de Nazaret.

Porque para que el Hijo de Dios no apareciera como disfrazado de humano, se necesitaba de una madre, como nos recuerda Pablo en la segunda lectura: "nacido de mujer".

A Dios no le era difícil escoger a aquella que iba a tener el gran privilegio de ser Madre de su Hijo. Solo se había puesto El mismo una condición: tenía que ser una "hija de Abraham", es decir, una judía.

Un ser humano, sobre todo si se considera de cierto valor social o económico, querría que su hijo tuviese por madre a una persona de la misma condición social, poco más o menos. Pero a Dios esas cosas le tienen sin cuidado.

Se fue a buscarla a un villorrio insignificante, del que luego uno de los discípulos de su Hijo llegaría a decir: "¿De Nazaret puede haber cosa buena?" (Juan 1,46)

Pues fue allí, precisamente, donde el ángel Gabriel fue a avisarle a María que Dios le había concedido la Altagracia de ser la madre de su Hijo.

¿Por qué María? Por la razón que le impidió a ella entender las palabras del ángel: su humildad. Eso lo reconocería posteriormente en aquel canto de alabanza, con ocasión de la visita a su parienta Isabel: "porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso" (Lucas 1,48-49a).

La grandeza de María proviene del propio Dios que ha querido elevarla, dándole la Altagracia de ser la Madre del Salvador. Y eso es lo que descubrimos los creyentes, pues cuando la alabamos y la llamamos bienaventurada no estamos sino cumpliendo la profecía que el Espíritu Santo puso en su boca.

El amor de los cristianos por María se asocia con el amor que demostró Dios por ella. Ninguna otra mujer ha oído palabras tan sublimes como las que le dedicaron Gabriel y su parienta Isabel. ¿Acaso no le dijo él: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lucas 1,28)? ¿Acaso no le dijo ella: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? (Lucas 1,42-43).

¡Pobres de aquellos cristianos que dicen leer la Biblia y pasan por alto palabras que solo una única mujer pudo oír jamás! ¡Pobres los que esconden la gloria de María pretendiendo saber más que la Iglesia que fundó su Hijo, que desde el principio la tuvo como su miembro más excelente!

Pues María fue eso, la primera discípula, unida a su Hijo tanto en la alegría de las bodas de Caná como en la tarde terrible del Calvario.

Los católicos, y con nosotros los ortodoxos y otros muchos cristianos, amamos a María porque Dios la exaltó, y Jesús tuvo por ella un inmenso amor. ¿O es que vamos a pensar que Jesús fue un mal hijo que despreció a su madre?

Nosotros no vemos en ella una diosa a la que adoramos, sino a una Madre que Dios nos ha dado para que interceda por nosotros como nadie más puede hacerlo ante su Hijo.

No olvidemos que en Caná ella no pidió a Jesús un milagro, sino que simplemente susurró en sus oídos: "No tienen vino" (Juan 2,3). Por eso, desde muy antiguo, la Iglesia la llama "Omnipotencia suplicante".

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