DOMINGO DÉCIMO TERCERO
DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTURAS:

PRIMERA

2 Reyes 4,8-11.14-16a

Un día pasó Eliseo por Sunem; había allí una mujer principal y le hizo fuerza para que se quedara a comer, y después, siempre que pasaba, iba allí a comer. Dijo ella a su marido: "Mira, sé que es un santo hombre de Dios que siempre viene por casa. Vamos a hacerle una pequeña alcoba de fábrica en la terraza y le pondremos en ella una cama, una mesa, una silla y una lámpara, y cuando venga por casa, que se retire allí". Vino él en su día, se retiró a la habitación de arriba, y se acostó en ella. Dijo él: "¿Qué podemos hacer por ella?" Respondió Guejazí: "Por desgracia ella no tiene hijos y su marido es viejo". Dijo él: "Llámala". La llamó y ella se detuvo a la entrada. Dijo él: "El año proximo, por este mismo tiempo, abrazarás un hijo".

SEGUNDA

Romanos 6,3-4.8-11

¿O es que ignoran ustedes que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también ustedes, considérense como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

EVANGELIO

Mateo 10, 37-42

"El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a ustedes recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, les aseguro que no perderá su recompensa".

HOMILÍA:

Si desea escuchar la Homilía en la voz de su autor, Padre Arnaldo Bazán, haga click aquí:

Ordinario 13

Eliseo fue uno de los grandes profetas del Antiguo Testamento, al igual que Elías, su predecesor y maestro. Dios concedió a Eliseo, al igual que había hecho con Elías, el don de hacer milagros.

En el capitulo cuarto del Segundo Libro de los Reyes, del que fue tomada la primera lectura de hoy, se narra una serie de ellos.

Dos fueron hechos en favor de una mujer sunamita, de la región de Sunem, por donde el profeta solía pasar cuando visitaba las comunidades israelitas.

Aquella mujer, pese a no ser judía, tenía un gran corazón, y viendo que Eliseo era un verdadero hombre de Dios, lo invitaba a comer. Luego habló con su marido para que le hicieran una habitación en la terraza de su casa. Allí el profeta pernoctaba cuando iba de paso.

El primer milagro fue anunciarle que iba a tener un hijo, pese a que su marido era ya viejo. Luego, cuando el hijo murió ya siendo un muchacho, la mujer buscó a Eliseo, transida de dolor y éste consiguió del Senor que el hijo reviviera, para felicidad de su madre.

En ella se cumplió lo que dice Jesús en el Evangelio, de que el que recibe a un profeta recibe recompensa de profeta.

El bien que hacemos siempre nos proporciona la satisfacción de haber cumplido con nuestro deber y Dios, que todo lo sabe, y conoce las intenciones con las que actuamos, nos premiará generosamente.

Pero el mayor regalo de Dios, como nos recuerda san Pablo en la segunda lectura, tomada de su carta a los Romanos, es que hemos muerto con Cristo para resucitar con El.

Esto fue lo que ocurrió el día de nuestro bautismo. La recepción de este sacramento supone un morir para resucitar.

Esto se expresaba, mucho más claramente, en el rito con que se celebraban los bautizos en los primeros tiempos. Mientras el obispo y los fieles permanecían en la iglesia, los bautizandos y los ministros se trasladaban al bautisterio. Esto se hacia ordinariamente de noche y con poca luz. Allí los neófitos entraban en una especie de piscina pequeña, completamente desnudos, y al llegar al medio de ella, después de afirmar su fe en Dios uno y trino, se sumergían por tres veces en el agua. Esta inmersión era figura de la muerte a la vida de pecado, para renacer a una vida nueva con Cristo. No olvidemos lo que Jesús dijo a Nicodemo, aquel magistrado judío que lo visitó en secreto: “el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Juan 3, 5).

El rito mismo lo simbolizaba en ese sumergirse en el agua. Se dejaba atrás al individuo pecador para comenzar a ser una criatura nueva.

Eso llevaba un compromiso muy serio, del que nos habla el evangelio de hoy. Aquel que se bautiza tiene que estar dispuesto a crecer en la nueva vida del Espíritu, siendo un verdadero imitador de Jesús.

De ahí que deba cargar su cruz, la suya propia, no la de Cristo, y seguirlo a El.

No son pocos a los que resulta extremadamente difícil el seguimiento de Cristo, ya que quisieran que la cruz se les hiciera mucho más fácil de llevar. Cuando atraídos por los placeres fatuos que ofrece el mundo, tiran la cruz y se apartan de Jesús, se están como suicidando espiritualmente.

Esto es lo que nos dice Jesus al afirmar: “El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará”.

La expresión “encontrar la vida” significa la actitud de aquellos que se creen que han descubierto el secreto para disfrutar esta vida, aunque esto suponga apartarse del camino de Dios, dedicándose a adorar los dioses falsos del placer, del dinero y del poder que tanto nos atraen a todos.

El problema está, como nos advierte Jesús, que de esa forma perderemos la verdadera vida, pues al apartarnos de Dios estaremos caminando por la senda que conduce a la eterna perdición.

Cristo nos exige, si queremos ser sus discípulos, que lo pongamos a El por encima de todo.

Nadie, ni madre, ni padre, ni esposa, ni hijos, ni amigos, puede ocupar el primer lugar en nuestro corazón. En El y sólo en El encontramos la salvación. Si nos apartamos de El la perderemos irremisiblemente.

Eso es, precisamente, de lo que nos hablaba san Pablo en la Carta a los Romanos. El que se bautiza es como si estuviera muerto al pecado y vive sólo para Dios en Cristo Jesús.

Si después de haber recibido la nueva vida en el Espíritu, nos empeñamos en seguir otro camino, es lógico que o no hemos entendido el verdadero significado de esta vida, o estamos ciegos para ver que el camino por donde andamos nos lleva a un final de espanto.

Ese es también el compromiso que hacen los padres cuando piden el bautismo para sus hijos. Si ellos mismos no están viviendo como verdaderos cristianos, no podrán ser ejemplos para su prole, sino todo lo contrario.

No en valde vemos cómo tantos que fueron bautizados de niños, viven una vida totalmente pagana. Se ve que los padres no cumplieron su obligación. Y de esto tendrán que dar cuentas a Dios, pues sería preferible no pedir el bautismo para los hijos antes que hacerse responsables de no haberlos educado en la fe y el amor a Dios y al prójimo, como sería su obligación.



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