CUARTO DOMINGO
DE ADVIENTO

LECTURAS:

PRIMERA

2 Samuel 7,1-5.8b-11.16

Cuando el rey se estableció en su casa y Yahveh le concedió paz de todos sus enemigos de alrededor, dijo el rey al profeta Natán: "Mira; yo habito en una casa de cedro mientras que el arca de Dios habita bajo pieles". Respondió Natán al rey: "Anda, haz todo lo que te dicta el corazón, porque Yahveh está contigo". Pero aquella misma noche vino la palabra de Dios a Natán diciendo: "Ve y di a mi siervo David: Esto dice Yahveh. ¿Me vas a edificar tú una casa para que yo habite? Te he tomado del pastizal, de detrás del rebaño, para que seas caudillo de mi pueblo Israel. He estado contigo dondequiera has ido, he eliminado de delante de ti a todos tus enemigos y voy a hacerte un nombre grande como el nombre de los grandes de la tierra: fijaré un lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré allí para que more en él; no será ya perturbado y los malhechores no seguirán oprimiéndole como antes, en el tiempo en que instituí jueces en mi pueblo Israel; le daré paz con todos sus enemigos. Yahveh te anuncia que Yahveh te edificará una casa. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente".

SEGUNDA

Romanos 16,25-27

Les saluda Erasto, cuestor de la ciudad, y Cuarto, nuestro hermano. A Aquel que puede consolidarles conforme al Evangelio mío y la predicación de Jesucristo: revelación de un Misterio mantenido en secreto durante siglos eternos, pero manifestado al presente, por la Escrituras que lo predicen, por disposición del Dios eterno, dado a conocer a todos los gentiles para obediencia de la fe, a Dios, el único sabio, por Jesucristo, ¡a él la gloria por los siglos de los siglos! Amén.

EVANGELIO

Lucas 1,26-38

Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. 6 Y entrando, le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin". María respondió al ángel: "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?" El ángel le respondió: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.". Dijo María: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra". Y el ángel dejándola se fue.

HOMILÍA

Si desea escuchar la Homilía en la voz de su autor, Padre Arnaldo Bazán, haga click aquí:

Adviento 4

Tanto en la primera lectura, del segundo libro de Samuel, como en la carta a los Romanos, cuyos primeros párrafos se leen como segunda, se recuerda la promesa que Dios hiciera a David, de que uno de su linaje sería rey para siempre.

No se trataba, desde luego, de ninguno de los sucesores dentro de la dinastía davídica, pues todos ellos estaban llamados a durar un espacio de tiempo, hasta que llegó un momento en que la dinastía desapareció por completo.

Se trataba, pues, de Alguien que, siendo descendiente de David, ocuparía el trono para siempre.

Esto es lo que vemos anunciado en el evangelio, cuando el ángel Gabriel visitó a Maria con la gran noticia de que el tiempo había llegado, y ella era la elegida para traer al mundo al que sería rey eterno y universal.

En modo alguno este reino tendría su sede en la tierra, aunque los salvados por el Hijo que María daría a luz, serían los hombres y mujeres que han vivido, viven y vivirán en la tierra.

Así dijo el ángel: “El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin”.

Con este anuncio se abre una nueva era para la humanidad. Hasta entonces sólo el pueblo de Israel había conocido al verdadero Dios. De ese pueblo saldría el que vendría a ampliar la Alianza que el Altísimo habia hecho con Abraham, y posteriormente ratificada con Moisés.

Jesús, cuyo nombre significa “Dios salva”, vendría para ser el verdadero Salvador que daría, a todos sin excepción, la posibilidad de una dicha sin fin.

En la visita de Gabriel a María descubrimos también la gracia tan alta a la que había sido llamada aquella pobre muchacha de Nazaret. Dios demuestra que las glorias de este mundo le tienen sin cuidado. El ama los corazones llenos de amor, por lo que no buscó su elegida entre las poderosas familias de sacerdotes y magistrados, sino que envió a su mensajero a un villorrio perdido en el norte de Palestina, en Galilea, que ni siquiera aparecía en los mapas de la época.

Ella, desde ese momento en que el Espíritu Santo “la cubre con su sombra”, como diría el angel, se convierte en protagonista de la obra salvadora, pues el mismo Padre la ha elegido para ser parte de la misión de su Hijo.

Ninguna otra mujer ha tenido jamás una dignidad tan alta, ya que no habría nada comparable que ser la Madre del Hijo de Dios.

Esto es algo que debe llenarnos de asombro: que una simple mortal haya recibido un encargo tan grandioso.

¿Qué vio Dios en ella? ¿Es que no había otra tan buena como ella?

Medir la santidad de una persona sólo pertenece al propio Señor. Sólo El podría decirnos las razones que tuvo para elegir a María y no a otra. En definitiva sólo una podría haber sido la Madre de su Hijo.

Por otro lado, la santidad es un don de Dios, y María, precisamente por haber sido elegida para una misión tan grande, fue preservada de todo pecado, llena de gracia, y adornada con toda clase de dones del Espíritu Santo.

No era mérito de ella todo lo que Dios le estaba regalando. Como nos enseña la Iglesia, fue en previsión de los méritos de su Hijo, pues ella era incapaz de mérito alguno para recibir tan gran regalo.

Ella misma se encargará de decirnos lo que Dios vio en ella: la humildad de su sierva. Eso lo dirá ella después que su parienta Isabel la recibiera en su casa, con un saludo pronunciado por inspiración del Espíritu Santo:

“¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lucas 1,43).

¿Podríamos negar que fue el propio Espíritu Santo quien la proclama Madre de Dios por boca de Isabel?

María dirá además: “Por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lucas 1,48).

Los acontecimientos que dentro de pocos días vamos a celebrar tuvieron su comienzo muchos siglos atrás. Todo el Antiguo Testamento fue la preparación para esta venida del Mesías, del Ungido de Dios. De eso se encargaron los profetas, que fueron alertando al pueblo de Israel sobre esa promesa de salvación que Dios cumpliría a su debido tiempo.

Ese tiempo llegó cuando Gabriel se hizo presente delante de aquella muchacha nazaretana, cuyo nombre era María.

Todo iría ocurriendo sin grandes espectáculos, de modo que la gente ni siquiera se enteraría, pues fueron pocos los testigos y no todos lograron captar lo que realmente estaba ocurriendo.

Unos pocos pastores se presentarían al lugar en que el acontecimiento central de la Historia, el nacimiento del Hijo de Dios, estaba sucediendo. Luego también llegarían unos magos de Oriente, quienes guiados por una “estrella”, como ellos afirmaron, habían conocido lo que sería para la humanidad el mejor regalo de Dios.

Todavía habría que esperar varios años para que aquel Niño recién nacido se convirtiera en un hombre y, dejando el pueblo donde se había criado, comenzara su labor evangelizadora.

Pero aunque la culminación de su obra ocurriría con su Muerte y Resurrección, su Nacimiento nos ha traído la alegría de saber que Dios nos ama y quiere para nosotros una felicidad sin fin.


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