1a. Semana de Adviento, Martes

En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar". Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: "¡Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven! Porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron". (Lucas 10,21-24).

Lucas nos señala cómo el Espíritu Santo iba guiando a Jesús, como una muestra de lo que también haría con nosotros.

San Pablo nos dirá que “los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios” (Romanos 8,14).

Y Jesús fue siempre fiel a las inspiraciones que recibía, por lo que estaba en constante comunicación con su Padre.

Es imposible para nosotros poder comprender estas especiales mociones, y menos todavía la categoría única en la que hemos de colocar a Jesús, el hombre, unido sustancialmente a la Persona del Hijo.

Pero lo que sabemos es que, así como en él actuaba el Espíritu, así también en todos los que hemos recibido por el bautismo la nueva vida que nos permite llamar también a Dios nuestro Padre.

Nuestra filiación, lógicamente, no es natural sino adoptiva, pero eso no obsta para que podamos hacerlo, como acertadamente Pablo nos enseña: “Porque ustedes no han recibido ahora el espíritu de servidumbre para obrar todavía solamente por temor como esclavos, sino que han recibido el espíritu de adopción de hijos en virtud del cual clamamos con toda confianza: Abba, esto es, ¡oh Padre mío!” (Romanos 8,15).

No es a los sabios de este mundo a los que Dios concede ese privilegio especial de conocerlo y amarlo, sino sólo a aquellos que se dejan guiar por el Espíritu, como nos lo enseñó a hacer Jesús con su ejemplo.

Es entonces cuando podemos disfrutar del gozo inefable de sentirnos hijos y herederos, y es así que la vida se transforma en una peregrinación y una búsqueda de horizontes más amplios y cumbres más altas, y sentimos la alegría de caminar hacia Dios porque el Espíritu es el que nos impulsa a ello.

El está ahí a nuestro alcance. El se nos ha dado para que nos guíe y santifique. Debemos pues hacer uso de sus dones para, como Jesús, clamar al Padre y sentir su amor.

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