1a. Semana de Adviento, Sábado

“Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando todo enfermedad y toda dolencia. Rueguen, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies". Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Diríjanse más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curen enfermos, resuciten muertos, purifiquen leprosos, expulsen demonios. Gratis lo recibieron; denlo gratis". (Mateo 9,35-10,1.6-8).

El sitio preferido de Jesús para predicar era la sinagoga. Esto no quiere decir que no aprevechara cualquier ocasión para hacerlo. En el evangelio encontramos un sinnúmero de veces en que Jesús predicó en despoblado, junto al mar, en la montaña o en el llano.

Durante los aproximadamente tres años dedicados a la labor de evangelización, El no dejó escapar ninguna oportunidad para enseñar. Eso era lo suyo. Y lo hacía de tal manera que la gente se sentía encantada. A veces acompañaba la enseñanza con curaciones y milagros.

En una ocasión los sumos sacerdotes y fariseos enviaron a unos guardias a prenderlo, y regresaron sin él. Cuando los primeros les preguntaron la causa, éstos respondieron: “Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre” (Juan 7,46).

La sinagoga era el lugar de reunión de los israelitas cada sábado. Parece que su origen se remonta al exilio que el pueblo judío sufrió en Babilonia, en el siglo VI a.C.

Ordinariamente cada poblado tenía su sinagoga, presidida por algún rabino o un maestro de la ley. Todos los hombres tenían obligación de asistir. No así las mujeres, que podían acudir si querían, pero debían sentarse al fondo y no tenían derecho a hablar.

El culto de la sinagoga consistía en oraciones, cantos y la lectura de la Palabra de Dios. Solían leerse dos lecturas, una de los libros de la Ley o Torá, lo que llamamos el Pentateuco o cinco primeros libros del Antiguo Testamento. Esta la leía un rabino o maestro de la ley, y luego la comentaba. Luego, cualquiera de los presentes, un hombre, ¡claro!, podía leer la segunda, tomada de los libros proféticos, y después hacer también un comentario.

Como la fama de Jesús se iba extendiendo, y él asistía cada sábado a la sinagoga del lugar donde se encontraba, el encargado lo invitaba a hacer la lectura y comentarla. Y él, por supuesto, nunca desdeñaba este honor que, además, le daba la oportunidad para enseñar.

Un ejemplo claro de esto lo encontramos en Lucas 4,16-30, cuando Jesús visitó Nazaret por primera vez, después de haber comenzado su trabajo apostólico.

Allí, de acuerdo a la lectura del profeta Isaías que le señalaron, se aplicó las palabras proféticas y, además, reprochó a los presentes su falta de fe, lo que ocasionó que lo sacaran de la sinagoga con intención de matarlo.

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