2a. Adviento, Miércoles

“Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados, y yo les daré descanso. Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mateo 11,28-30).

Esta es la más bella invitación que nos pueden hacer. Ninguna otra puede superarla, pues se trata de ir a Jesús, nosotros, los fatigados y sobrecargados.

A esta invitación no responderán los que creen que no tienen necesidad de Dios: los poderosos, los ricos de corazón, los soberbios, los desesperados y los que han perdido la conciencia de saberse necesitados del poder de lo Alto.

Los poderosos son aquellos que piensan que el poder lo es todo, y que al serlo ya han superado la necesidad de buscar ayuda en Jesús. No todo el que tiene poder es poderoso en este sentido. Aunque es difícil, podría haber algunos con poder que reconocen que ese poder se lo deben a Dios.

Los ricos de corazón son aquellos que han puesto su confianza en el dinero, y porque tienen mucho, ya pueden comprar incluso las conciencias de sus subordinados.

Tampoco piensan que tienen necesidad de buscar a Dios.

Los soberbios son los que, por las razones antes aducidas, o simplemente porque se consideran sabios, científicos o especialistas, piensan que han superado las “supersticiones” de los ignorantes y se ponen por encima incluso de un “dios” en el que ellos no creen.

Los desesperados son los que han perdido toda esperanza de salvación, creyendo, equivocadamente, que ya para ellos no hay oportunidad, pues despreciaron las que se les presentaron.

Todos estos, y algunos más, no van a acudir a Jesús, a no ser que su alma se abra humildemente y dejen a un lado su poder, su sabiduría, su soberbia, su dinero y sus alardes, para acudir con corazón quebrantado ante el que es su Salvador.

Nosotros, los que hace poco o mucho, nos hemos convencido de la necesidad que tenemos de Dios, pues ante El no somos más que pobres seres fatigados y sobrecargados, acudimos a Jesús para que nos alivie y nos dé ese descanso que sólo Él puede ofrecernos.

Queremos ser los discípulos que aprendamos de Jesús a ser mansos y humildes de corazón. Queremos aceptar el yugo de Jesús, pues sabemos que es suave y su carga ligera.

¡Qué peso tan grande nos quitamos de encima cuando acudimos, sólo con nuestra fatiga y sobrecarga, para que Jesús nos dé el alivio que tanto necesitamos!


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