3a. Adviento, Martes

“Pero ¿qué les parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña”. Y él respondió: "No quiero", pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: "Voy, Señor", y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?” “El primero” - le dicen”. Díceles Jesús: "En verdad les digo que los publicanos y las rameras llegan antes que ustedes al Reino de Dios. Porque vino Juan a ustedes por camino de justicia, y no creyeron en él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en él. Y ustedes, ni viéndolo, se arrepintieron después, para creer en él" (Mateo, 21,28-32).

A Jesús le gustaba usar de comparaciones, llamadas parábolas, para enseñar. El no inventó ese método, pues ya lo usaban otros “rabíes” antes que él.

De Salomón leemos: "Pronunció 3.000 parábolas y proverbios, y sus cánticos fueron 1.005" (1 Reyes 5,12).

Jesús, simplemente, aceptó esa forma de enseñar como adecuada para llevar al pueblo su doctrina. Por eso estas parábolas siguen siendo para todos nosotros, sus discípulos, una guía para el comportamiento diario, y hacemos bien en prestarles atención.

A veces el mismo Jesús llegó a decir, irónicamente, que hablaba en parábolas para que la gente no entendiera. Así leemos en Lucas 8,10: “A ustedes se les ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan”.

Con esto quiso decir que, a veces, por más claro que se hable hay quienes no entienden, porque tienen obnubilado su corazón con las preocupaciones de este mundo.

En realidad, El pretendía todo lo contrario. Las comparaciones - que eso son las parábolas -, siguen siendo útiles para hacer comprender lo que un profesor, maestro, o predicador quiere transmitir a sus oyentes.

En esta ocasión se trata de un padre y dos hijos. El padre representa a Dios y los hijos a nosotros. Es muy frecuente que actuemos como uno de ellos.

Decimos que “sí” a Dios y luego no lo obedecemos, como también le decimos “no” y quizás más tarde nos remuerde la conciencia y terminamos por hacer lo que el Padre nos pide.

Desde el principio mismo el ser humano ha encontrado dificultades para obedecer. La desobediencia siempre obedece a algo más profundo. Como en el caso de Adán y Eva en el relato del Génesis, se trataba del deseo de llegar a ser “dios”, tal y como lo presentaba la tentación diabólica.

Se creyeron lo que Satanás les decía, de que desobedeciendo lograíian tener el poder de Dios (ver Génesis 3,5), pero lo que lograron fue su desgracia. Dios sabe más que todos nosotros juntos. El nos enseña el camino mejor, pero nosotros tomamos el que creemos es más bonito, para terminar lamentándonos por haberlo desoído.


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