3ª. Adviento, Viernes

“Ustedes mandaron enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que se salven. El era la lámpara que arde y alumbra y ustedes quisieron recrearse una hora con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado” (Juan 5, 33-36).

Los fariseos andaban siempre buscando motivos para criticar a Jesús y así desacreditar su predicación. Y con ellos, casi todos los que formaban parte del Sanedrín, incluyendo al Sumo Sacerdote y los demás sacerdotes.

Nos dice el evangelista Juan en 1,19-27, que fueron un grupo de sacerdotes y levitas donde estaba el Bautista predicando, para interrogarlo.

Querían saber de sus propios labios si era el Mesías. Pero al negarlo Juan, le preguntaron el por qué bautizaba. Y Juan les respondió; “Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes está uno a quien no conocen, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia”.

Con todo, aquellos que fueron y también los que los enviaron, hicieron caso omiso del testimonio de Juan, pues lo menos que les interesaba era conocer la Verdad.

Se suponía que el pueblo de Israel tenía conciencia de que se le había prometido a Alguien que vendría como Ungido de Dios, que llevaría a cabo la obra salvadora de Dios.

Pero para entonces los mismos que deberían orientarlo se habían concretado con reducirlo a un simple líder guerrero, un nuevo David, que liberaría a Israel de sus últimos opresores, los romanos, que prácticamente gobernaban en Palestina desde el año 63 a.C.

Sólo un reducido grupo de judíos, entre ellos los esenios, que vivían recluidos como monjes en una zona desértica llamada Qumran, esperaban en el Mesías a un verdadero redentor espiritual.

Jesús estará, durante todo el tiempo de su labor apostólica, unos dos o tres anos, en constante conflicto con las autoridades, a quienes Juan nombra siempre como “los judíos”. Esto quizás llevó a muchos a pensar que se trataba de todo el pueblo, cuando el evangelista sólo se refería a la clase gobernante, entre los que se encontraban los sacerdotes, levitas, saduceos y fariseos,

Es a ellos a quienes Jesús dice que él no necesita el testimonio de Juan, pues lo que hace lleva el propio sello de Aquel que lo envió, el propio Dios, que es su Padre.


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