2a. Cuaresma, Martes

Entonces Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Hagan, pues, y observen ustedes todo lo que les digan; pero no imite su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame "Rabbí". "Ustedes, en cambio, no se dejen llamar "Rabbí", porque uno solo es su Maestro; y ustedes son todos hermanos. Ni llamen a nadie "Padre" suyo en la tierra, porque uno solo es su Padre: el del cielo. Ni tampoco se dejen llamar "Directores", porque uno solo es su Director: el Cristo. El mayor entre ustedes será su servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado. (Mateo 23,1-12).

Casi todo el capítulo 23 lo dedica Mateo a un gran discurso que Jesús dirigió al pueblo, en presencia de sus apóstoles y, posiblemente, de muchos fariseos.

Será precisamente contra estos últimos que lanzará tremendas acusaciones, como jamás hizo el Divino Maestro con ningún otro grupo. Esto nos da a entender que los fariseos, pese a aparecer como muy piadosos y cumplidores de la ley, actuaban más bien, sin que dejara de haber excepciones, para aparentar lo que realmente no eran. Su hipocresía daba náuseas al Señor.

Comienza, pues, sus palabras haciendo ver que los escribas y fariseos se habían arrogado la tarea de enseñar y de regir al pueblo. Esta correspondía oficialmente a los escribas, que estaban dedicados al estudio de la Ley. El caso es que, la mayoría de ellos, eran fariseos.

Existía, casi desde los tiempos de Moisés, aunque esto había variado con el tiempo, un consejo que ejercía el gobierno en el pueblo de Israel, sobre todo para lo concerniente a lo religioso: el Sanedrín. No todos los miembros del Sanedrín eran fariseos, pero éstos ocupaban un buen número de puestos en el mismo, formando, en tiempos de Jesús, una mayoría en el mismo.

Como se ve por las mismas palabras del Señor, no todo lo que enseñaban los escribas y fariseos era malo ni mucho menos. De ahí que El le pida a la muchedumbre que le escuchaba que hagan lo que ellos decían, pero no lo que ellos hacían.

El fallo, pues, de los unos y los otros estaba en su conducta, no en sus enseñanzas. Y esto podría aplicarse a todos los que, en nombre de Dios, enseñan la Verdad revelada al pueblo, ya que están obligados a ser ejemplos para todos aquellos que les escuchan.

Muchas veces se ha dicho que el testimonio vale más que las palabras. Cuando un cristiano o cualquier otro creyente, sea el que sea, habla de Dios pero actúa en forma moralmente censurable, se convierte en un anti-testimonio. Su forma de vida niega lo que afirman sus labios.

Esto ha impedido que muchos conozcan verdaderamente a Dios, pues lo que ven en muchos creyentes no les convence, rechazando esa imagen falsa que proyectan los que dicen creer en Dios pero actúan en forma diversa a sus mandatos.


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