7a. Ordinario, Jueves

“Todo aquel que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que son ustedes de Cristo, les aseguro que no perderá su recompensa. Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar. Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga” (Marcos 9,41-43).

En estos versículos podríamos destacar tres puntos: la generosidad por ser cristianos, el cuidado extremo con los niños y el preferir perder un miembro corporal y no la vida eterna.

La generosidad es producida en nosotros por la virtud de la caridad, que es la más importante de todas. Esta supone que se da sin esperar ser recompensados por aquellos que reciben algo de nosotros. La recompensa nos la dará el Señor.

En esto consistirá el juicio final. Así lo dice el propio Jesús (ver Mateo 25,31-46), hablando del Juicio Final. Allí a los buenos les dirá el Señor que cuando estuvo hambriento, sediento o enfermo, supieron alimentarlo, darle de beber o visitarlo, pues cada vez que lo hicieron con un hermano es como si lo estuvieran haciendo con él, por lo que serán recibidos en la gloria. Con los malvados será todo lo contrario.

Ser generosos, por tanto, es la prueba de que amamos a Dios y a los hermanos, de tal manera que en ellos vemos al propio Jesús.

Escandalizar a los niños es inducirlos al pecado, abusando de su inocencia para aprovecharse de ellos. Esto lo considera el Señor como un crimen que merece una condena a muerte, pues si a alguien se le echa al mar con una rueda de molino al cuello, podemos estar seguros que no regresa.

El niño a quien se induce al vicio a tan corta edad, se le hace un daño a veces irreparable, tanto en el sentido moral como sicológico. No en vano el Señor señala un tan fuerte castigo para el que se atreva a cometer algo tan horrible.

El último punto está dirigido a cada uno de nosotros. Marcos dedica tres versículos, de los que sólo escogimos uno, para señalar el énfasis con que Jesús insiste en la importancia de apartarnos del mal.

Así señala que es preferible perder una mano, o un pie, o un ojo si estos miembros nos son ocasión de pecado, que merecer eterna condenación con nuestros miembros completos.

Es una forma de hablar que no debemos tomar al pie de la letra, pues es una manera de enfatizar lo terrible que sería perder la eterna salvación por dar gusto al cuerpo, preferiendo los placeres de este mundo a los que El nos promete en la casa de su Padre.


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