7a. Ordinario, Lunes

Uno de entre la gente le respondió: “Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo y, dondequiera que se apodera de él, le derriba, le hace echar espurnarajos, rechinar de dientes y le deja rígido. He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido”. El les responde: “¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo habré de soportarlos? ¡Tráiganmelo”. Y se lo trajeron. Apenas el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al muchacho y, cayendo en tierra, se revolcaba echando espumarajos. Entonces él preguntó a su padre: “¿Cuánto tiempo hace que le viene sucediendo esto?” Le dijo: “Desde niño. Y muchas veces le ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros”. Jesús le dijo: “¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!” Al instante, gritó el padre del muchacho: “¡Creo, ayuda a mi poca fe!” (Marcos 9,17,24).

Antes de que Jesús llegara donde se encontraba el hombre con su hijo enfermo, los discípulos de Jesús habían tratado de curarlo, pero no habían podido.

Jesús les aclararía más tarde que sólo se puede curar por medio de una oración que demuestre la fe del que ora.

Así se lo dijo también al padre del muchacho, de una manera categórica: ¡Todo es posible para quien cree!”

Por los síntomas cualquiera podría hoy decir que lo que el muchacho tenía era una epilepsia. Con todo, la ignorancia de la gente les hacía pensar que todas las enfermedades eran producidas por espíritus malignos.

¿Lo sabía Jesús? Hemos de suponer que como hombre normal que era no lo sabría, pero siendo también Dios, pues claro que sí. De todos modos no había venido El a enseñarnos lo que tardaría siglos en descubrirse. El sigue las creencias de la gente, pues ya se le hacía difícil hacerse entender cuando hablaba de lo que sí vino a enseñarnos.

Lo que está claro en estos versículos de Marcos es que Jesús no curaba sino cuando encontraba al menos un mínimo de fe. El padre del muchacho llegó a gritarle que creía, pero al mismo tiempo pedía que le ayudara con su poca fe.

La fe es un don de Dios que tenemos que buscar por medio de la oración. Cuando tenemos el corazón abierto al amor de Dios y nuestro entendimiento a sus enseñanzas, la fe vendrá a nosotros.

Una vez más se demuestra en este hecho que Jesús no curaba con el afán de convencer o conseguir adeptos de entre los que estaban presentes y eran testigos de lo que hacía.

Frente a Jesús cada uno tiene que tomar sus propias conclusiones. Muchos hubo que presenciaron milagros todavía más prodigiosos que la curación del muchacho epiléptico, y no creyeron. Hoy seguimos viendo milagros, sin que la gente se percate siquiera de ellos. Hay que tener fe para poder distinguirlos.


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