7a. Ordinario, Miércoles

“El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado”. Juan le dijo: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros”. Pero Jesús dijo: “No se lo impidan, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí” (Marcos 9,37-39).

Estos versículos comienzan con una exhortación del Señor a recibir a los niños y cuidar de ellos. Es algo que no sólo los padres, sino todos los miembros de una comunidad cristiana, tenemos que hacer, pues es en ellos donde está el futuro y la supervivencia de la misma.

Abusar de un niño o inducirlo al error y al pecado es uno de los peores crímenes que se pueden cometer, pues sus mentes están abiertas a todas las influencias, buenas o malas, que pueden recibir.

Los primeros años son fundamentales para el futuro de una persona. Si en ellos las influencias negativas logran corromper el alma del niño, ya podemos suponer lo que debemos esperar: probablemente una persona dañina en la comunidad.

Pasando a otro tema presenta el evangelista al apóstol Juan diciéndole a Jesús que le habían prohibido a uno, que echaba demonios en su nombre, a que siguiera haciéndolo.

El Señor, al responder a los discípulos, nos da a todos los cristianos una lección que tenemos que tener muy en cuenta.

Todo el que alaba al Señor y se considera un discípulo de Cristo, por muy equivocado que pueda estar, debe ser considerado un hermano, aunque se encuentre separado de nosotros.

No tenemos derecho a condenarlo, pues es posible que los malos ejemplos que podamos haberle dado lo hayan llevado a la separación. O simplemente la influencia de personas que lo condujeron al error, pero no a la búsqueda sincera del Señor.

No todos los “hermanos separados” están en la misma disposición de respeto y acercamiento. Hay quienes, llevados de las muchas mentiras y calumnias que personas interesadas les hayan podido infundir, llegan incluso a aborrecernos.

No hay nada que hacer con eso, sino amarlos y hacerles el bien. En tiempos de san Agustín había un grupo de éstos, y el sabio obispo los exhorta a dejar su actitud: “Aunque ustedes no quieran llamarnos sus hermanos, seguiremos siéndolo, mientras recemos el mismo Padre Nuestro que nos enseñó Jesús”. Y es lógico que si tenemos el mismo Padre seguiremos siendo hermanos, por más que algunos no quieran aceptarlo.

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