7a. Ordinario, Viernes

Y levantándose de allí va a la región de Judea, y al otro lado del Jordán, y de nuevo vino la gente donde él y, como acostumbraba, les enseñaba. Se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: “¿Puede el marido repudiar a la mujer?” El les respondió: “¿Qué les prescribió Moisés?” Ellos le dijeron: “Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla”. Jesús les dijo: “Teniendo en cuenta la dureza del corazón de ustedes escribió este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, El los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre?” Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. El les dijo: "Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio" (Marcos 10,1-12).

Esta fue una nueva ocasión en que los fariseos tratan de poner en apuros al Divino Maestro. Pensaron que con este tema tendría que rendirse, pues era un hecho que el acta de repudio, entre los judíos, era considerado algo legal.

Con todo, los únicos que tenían el derecho eran los hombres, que por cualquier motivo, basados en una casuística muy favorable a sus caprichos, se deshacían de la esposa para contraer nuevo matrimonio. Esto convertía a la mujer en un simple objeto que se podía tirar a conveniencia.

Lo que no adivinaron los provocadores era que Jesús iba a tomar su atrevimiento como una ocasión para darnos la verdadera doctrina acerca del matrimonio.

Era cierto que en Deuteronomio 24,1-4 podemos encontrar la autorización para el libelo de repudio, pero eso lo permitió Moisés, según palabras del propio Jesús, “por la dureza de sus corazones”.

Esto podría significar que, como era algo que se había hecho parte de las costumbres del pueblo, resultaba difícil de desarraigar, pues había logrado categoría de ley.

Pero, aclara Jesús, ese no era el plan original de Dios. Por el contrario, El hizo al hombre y a la mujer para que, atraídos por el amor y el deseo carnal, se hiciesen uno solo. De modo que lo que Dios unió no lo podía separar el hombre.

Se pueden dar casos, con todo, en que la pareja, por las razones que fuesen, hayan cometido un error al decidir contraer matrimonio. En ese caso se podría decir que no hubo una unión valida, pues falta un elemento importante y fundamental: el amor. Si las razones de la unión no incluían el amor, allí Dios no había actuado.

Esa es la razón por la cual la Iglesia se siente autorizada para revisar los casos en que se considere que la unión no pudo desarrollarse como verdadero matrimonio, pues faltaban las condiciones para lograrlo. Si se prueba la ausencia de las mismas se procede a declararlo nulo, lo que significa que no hubo matrimonio, y las dos personas quedan libres para casarse con otras.

La Iglesia defiende la realidad sacramental del matrimonio y su unidad e indisolubilidad. Sólo en los casos en que se ha cometido un error involuntario se puede llegar a la declaración de nulidad.


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