8a. Ordinario, Lunes

Se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y arodillándose ante él, le preguntó: "Maestro bueno, ¿ qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?" Jesús le dijo: "¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: "No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre". El, entonces, le dijo: "Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud". Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: "Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme". Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: "¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!" Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: "¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios". Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: "Y ¿quién se podrá salvar?" Jesús, mirándolos fijamente, dice: "Para los hombres, i mposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios" (Marcos 10,17-27).

Este encuentro entre Jesús y el joven rico nos enseña a buscar el Reino de los Cielos por encima de cualquier otra cosa.

Aquel joven era cumplidor de los mandatos divinos, que eran conocidos por todos los israelitas, ya que estaban en las Escrituras que se leían constantemente.

Pero era, al mismo tiempo, poseedor de muchos bienes. Nada malo en ello, desde luego. Jesús en modo alguno quiere condenar las riquezas como tales. Se puede ser rico y servir a Dios.

Pero en el caso especifico de este joven, Jesús quiere invitarlo a una perfección mayor, para lo que debe deshacerse de todo lo que tiene, algo que resultó ser demasiado para él, de modo que se alejó entristecido.

Es entonces cuando Jesús lanza este reto: "¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!"

Y ahí fue donde los mismos dis6cípulos se sintieron atribulados, y comentaban: "Y ¿quién se podrá salvar?" La respuesta la da Jesús afirmando que la salvación es imposible para los seres humanos, pero es posible para Dios que es quien nos la da como un regalo.

Ni con todas las riquezas del mundo podríamos pagar ni un segundo en el Reino. Pero lo que sí podemos es demostrar nuestro deseo de llegar a él no apegándonos a las cosas materiales.

Hay en esto algo más y es el cómo se llega a poseer las riquezas. No son pocos los ricos que lo han logrado a base de talento, de esfuerzo, de habilidades personales y hasta de un poco de suerte.

Pero al mismo tiempo no son pocos los que han amasado sus fortunas a base de engaños, robo, abusos, explotación y corrupción, lo que indica que sus riquezas los han llevado a ponerse contra los mandatos de Dios.

Varios pasajes de las Escrituras nos lo indican claramente. Como muestra veamos estas palabras de Santiago dirigidas a los que llegaron a ricos abusando de los pobres: "Han acumulado ustedes riquezas en estos días que son los últimos. Miren; el salario que no han pagado a los obreros que segaron sus campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Han vivido ustedes sobre la tierra regaladamente y se han entregado a los placeres; han hartado sus corazones en el día de la matanza" (5,4-5).

El dinero no tiene culpa. Somos nosotros los que atraídos por él, podemos perderlo todo por querer poseerlo aunque sea a costa de los más débiles.

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