12a. Ordinario, Miércoles

“Guárdense de los falsos profetas, que vienen a ustedes con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conocerán ustedes. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos ustedes los reconocerán (Mateo 7,15-20).

Una advertencia que tiene, todavía hoy, suma importancia. Porque los falsos profetas han existido siempre, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

En el Antiguo se recogen algunos testimonios contra esos falsos profetas (ver Ezequiel 13,2-16;Jeremías 24,13-15;23,13-16).

Un falso profeta lo fue Mahoma, quien, inspirándose en las propias Escrituras, en el Antiguo Testamento, decretó sin escrúpulos que había recibido la última revelación que dejaba sin efecto la de quien él consideraba también un profeta, Jesús, pero inferior a él mismo.

A lo largo del tiempo aparecen personas que alegan haber tenido revelaciones o visiones, poniendo en boca de Dios, de los ángeles o de la Virgen María, lo que a ellos buenamente se les ocurre.

Así el fundador de los Mormones, Joseph Smith, que se inventó la historia de unas placas de oro donde aparecía el libro de Mormón escrito en un egipcio antiguo. El pudo traducirlo con la ayuda de dos piedras que también encontró, y que eran usadas en el Antiguo Testamento, Urim y Tummin. Con ese material Smith fundó una nueva iglesia, que afirmaba era la verdadera Iglesia de Jesús que se habia perdido en el primer siglo por apostasía de los discípulos. De ahí que la llamó “la Iglesia de los Santos de los Últimos Días”.

Así podríamos agregar otros muchos falsos profetas que han ido apareciendo. Incluso entre católicos ha habido personas, bien o mal intencionadas, sólo Dios lo sabe, que hacen decir a la Virgen, por ejemplo, que las reformas del Concilio Vaticano II son cosa del diablo o algo por el estilo.

Qué bien nos caen, por tanto, las palabras de Jesús advirtiéndonos no hacer caso de todo el que dice hablar en su nombre.

También el apóstol Juan nos pone en guardia contra la excesiva credulidad cuando, en su primera carta, nos dice: “No crean a todos los que se dicen inspirados. Examinen los espíritus para ver si vienen de Dios, porque muchos falsos profetas andan por el mundo” (4,1).

Dice también san Juan de la Cruz: “Porque en darnos (Dios), como nos dio a su Hijo - que es una Palabra suya, que no tiene otra -, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar”.


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