7a. Ordinario, Lunes

"Pues bien, yo les digo: Elías ha venido ya y han hecho con él cuanto han querido, según estaba escrito de él". Al llegar donde los discípulos, vio a mucha gente que les rodeaba y a unos escribas que discutían con ellos. Toda la gente, al verle, quedó sorprendida y corrieron a saludarle. El les preguntó: "¿De qué discutan ustedes con ellos?" Uno de entre la gente le respondió: "Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo y, dondequiera que se apodera de él, le derriba, le hace echar espurnarajos, rechinar de dientes y le deja rígido. He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido". El les responde: "¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo habré de soportarles? ¡Tráiganmelo!" Y se lo trajeron. Apenas el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al muchacho y, cayendo en tierra, se revolcaba echando espumarajos. Entonces él preguntó a su padre: "¿Cuánto tiempo hace que le viene sucediendo esto?" Le dijo: "Desde niño. Y muchas veces le ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros". Jesús le dijo: "¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!" Al instante, gritó el padre del muchacho: "¡Creo, ayuda a mi poca fe!" Viendo Jesús que se agolpaba la gente, increpó al espíritu inmundo, diciéndole: "Espíritu sordo y mudo, yo te lo mando: sal de él y no entres más en él". Y el espíritu salió dando gritos y agitándole con violencia. El muchacho quedó como muerto, hasta el punto de que muchos decían que había muerto. Pero Jesús, tomándole de la mano, le levantó y él se puso en pie. Cuando Jesús entró en casa, le preguntaban en privado sus discípulos: "¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?" (Marcos 9,13-28).

HOMILÍA

El caso que presenta el evangelio de hoy es para nosotros, los que vivimos en el siglo XXI, muy fácil de diagnosticar.

Es muy cierto, también, que lo era para Jesús, usando de su conocimiento divino, pues para Dios nada hay oculto.

Pero por aquellos tiempos la medicina estaba muy atrasada, y la gente, en general, era muy ignorante, de modo que todas las enfermedades eran atribuidas a la acción de espíritus impuros.

Podríamos preguntarnos: ¿Por qué Jesús no les explicó de qué se trataba? Pues ese muchacho lo que padecía era una epilepsia, enfermedad que hoy conocemos y los médicos la tratan con medicinas eficaces, si no para curarla, al menos para aliviarla y evitar esos síntomas tan alarmantes.

Pensemos por un momento si la gente, ante una explicación "científica" de Jesús, hubiera entendido algo. Y tendríamos que llegar a la conclusión que NADA.

La humanidad tendría que pasar muchos siglos para averiguar muchas cosas, y Jesús no vino a enseñarnos lo que tenemos que aprender por nosotros mismos, sino a abrirnos el conocimiento de las cosas para las cuales nunca estaremos capacitados.

Ese es el error de muchos, que piensan que la ciencia puede abarcar no solo este mundo natural en que vivimos, sino también aquel en que habita Dios.

Para lo primero el mismo Creador ha dado al hombre los medios para ir descubriendo más y más. El terreno de la ciencia es todo el Universo creado. Allí es donde el ser humano tiene todas las posibilidades de aprender.

Pero ante lo sobrenatural, es decir, aquello que está por encima de la naturaleza, todos nos volvemos incapaces y necesitamos que sea el propio Dios quien nos lo revele.

Aunque el ser humano puede hacerse una idea del ser divino, le sería imposible conocerle si no fuese por la "Revelación". Esta palabra ha sido acuñada para referirse a lo que Dios ha querido enseñarnos, por etapas, y que se contiene tanto en las Sagradas Escrituras, la Biblia, como también en lo que la Iglesia llama la "Tradición".

Esta última consiste en lo que los profetas del Antiguo Testamento, así como los apóstoles y primeros discípulos de Jesús, recibieron de Dios por diferentes medios.

La mayoría de ellos no escribió nada de lo que había aprendido, pero todos predicaron y enseñaron acerca de ello. Luego, ellos mismos o algunos de sus discípulos, pusieron por escrito lo que habían recibido. Así se formaron los libros de la Biblia. Otros conocimientos adicionales llegaron a nosotros a través de la Iglesia, encargada de darnos a conocer la Palabra de Dios.


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