7a. Ordinario, Martes

Les dijo: "Esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración". Y saliendo de allí, iban caminando por Galilea; él no quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: "El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará" (Marcos 9,29-31).

HOMILÍA

Aunque en el evangelio de ayer se nos presentó el caso de aquel muchacho que, aparentemente, estaba poseído del demonio, pero que pudimos concluir que se trataba de una enfermedad, desconocida entonces, que es la epilepsia, con todo, el Señor insiste en que solo por medio de la oración casos así pueden ser resueltos.

Toda enfermedad, en realidad, viene a ser una consecuencia del pecado. A veces, es muy fácil determinar que ha sido el propio individuo que la padece el que la ha provocado por su empeño en hacer cosas dañinas.

Millones de personas han muerto a causa del vicio de fumar, sin que esto convenza a los fumadores de abandonar lo que tanto daño les puede causar.

Lo mismo pasa con el Sida, enfermedad transmitida sobre todo por relaciones sexuales pecaminosas, pues es muy raro que se presente en personas que guardan castidad, o en personas casadas fieles a su pareja.

Casos excepcionales con esta enfermedad serían los accidentes que se pueden producir y de los que suelen ser víctimas aquellos que están al servicio de los enfermos, como médicos o enfermeras.

Sabemos muy bien lo proclive que somos los seres humanos ante las cosas o situaciones que nos causan placer, verdadera o aparentemente. Muchos no entendemos el placer que pueda haber en emborracharse, o en el fumar o en la adición a las drogas, pero aquellos que caen en tales vicios los consideran agradables o que producen sensaciones placenteras.

A veces cambiamos la salud por el placer y actuamos de una manera totalmente contraria a nuestro propio beneficio y conveniencia.

Es entonces cuando la oración es necesaria, pues el demonio actúa en una forma sutil, sin tener que llegar a la posesión de una persona. Cuando uno se deja llevar por las sugerencias de Satanás es que está sometido a su esclavitud, y solo la oración puede cambiar esa situación.

Una verdadera posesión suele ser rara. Pero la esclavitud que somete a la voluntad de Satanás es muy común, sin que se presenten síntomas de posesión.

Lo que interesa a Satanás es que le obedezcamos. Al propio Jesús se atrevió a ofrecerle todos los reinos del mundo si se le sometía, que es lo mismo que adorarlo (Mateo 4,9).

Para poder dar al Maligno la respuesta que le dio Jesús, tenemos que contar con la fuerza del Espíritu Santo que Jesús poseía. El por ser Dios la tenía. Nosotros solo podemos encontrarla en la oración. Así podremos responder como El: "Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto" (Ídem 4,10).


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