7a. Ordinario, Miércoles

Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: "El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado". Juan le dijo: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros". Pero Jesús dijo: "No se lo impidan ustedes, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí" (Marcos 9,36-39).

HOMILÍA

En este corto evangelio podemos distinguir dos temas diferentes. El primero se refiere a los niños.

Está bien claro que Jesús quiso destacar la situación desvalida de los niños, que están en un proceso de crecimiento y dependen de otros prácticamente para todo.

Los padres, desde luego, son los primeros obligados a atender a sus hijos tanto en sus necesidades materiales como también espirituales. Pero toca a todos proteger a los niños, de modo que no se perviertan a tan tierna edad.

Por esa razón, en otra ocasión (ver Marcos 9,42) nos hace ver lo terrible que será para aquellos que inducen a un niño al pecado o abuse de ellos.

No hay que dudar, por tanto, que tendremos que dar cuenta de cómo tratamos a los niños, como los protegemos, como los enseñamos y les damos buenos ejemplos.

Lamentablemente hay demasiados niños pervirtiéndose por las calles, y hasta en sus propias casas, por el mal ejemplo de los mayores. No descuidemos, pues, a aquellos con quienes tenemos mayor obligación.

El segundo tema tiene que ver con el respeto que debemos a quienes no piensan o creen de manera igual a nosotros.

Es muy cierto que hay muchos que son fanáticos con sus creencias, y se consideran obligados a perseguir a quienes no tienen la mismas ideas, pero esto va directamente en contra de lo enseñado por Jesús.

Incluso nosotros, los católicos, en otros tiempos caímos también en ese pecado. Nos creíamos obligados a defender la fe persiguiendo a los herejes, es decir, a los que se apartaban de la Iglesia porque no querían aceptar sus enseñanzas.

Ya esos tiempos, gracias a Dios, los hemos podido superar, pero siempre tendremos que lidiar con aquellos que no solo no creen como nosotros, sino que quieren obligarnos a cambiar nuestro modo de hacerlo.

Los cristianos sufrimos muchas persecuciones y deberíamos haber aprendido la lección. Es muy difícil que todos nos pongamos de acuerdo, incluso en materia de religión. Pero todos estamos obligados a amarnos los unos a los otros, sin querer obligar a nadie a pensar de la misma forma.

Tenemos que obrar como Jesús, proclamando su Reinado en el mundo, pero siempre con amor y comprensión, buscando la paz por encima de todo.

No somos jueces de nadie. El que alaba a Dios sinceramente, aunque profese doctrinas erróneas, nunca podrá estar en contra del Señor. Oremos, pues, para que un día podamos estar todos unidos.


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