7a. Ordinario, Sábado

Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: "Dejen que los niños vengan a mí, no se lo impidan ustedes, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo les aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él". Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos (Marcos 10,13-16).

HOMILÍA

En el evangelio de ayer se hablaba de las mujeres y hoy se habla de los niños. Eran las unas y los otros los que no contaban, los que no eran gozaban de reales derechos, y de unas y de los otros quiso el Señor decirnos que para Dios todos son importantes, ya que son también sus hijos.

En las mismas leyes judías eran los hombres los únicos que tenían la obligación de asistir al Templo a las menos tres veces en el año.

Eran los varones los que se circuncidaban como señal de pertenencia al pueblo de Israel. No había nada para las mujeres.

Lo mismo pasaba en la sinagoga. Solo los hombres tenían la obligación de asistir cada sábado. Las mujeres podían ir si así lo deseaban, pero tenían que permanecer en silencio y debían sentarse en un lugar aparte.

Los niños iba si sus padres los llevaban, pero para ellos no había ninguna obligación. Y así podríamos citar algunas otras cosas. Mateo, por ejemplo, cuando narra la multiplicación de los panes y los peces, dice que había una multitud de "cinco mil hombres sin contar las mujeres y los niños" (14,21).

Esa actitud de cierto desprecio hacia la mujer y los niños lo vemos en el evangelio de hoy, cuando Jesús tuvo que enfadarse con los apóstoles, pues reñían a las madres que trataban de presentar sus niños al Señor para que los bendijera.

Claramente les señala el Divino Maestro que los dejen acercarse, pues ellos, con su inocencia, vienen a ser un ejemplo que deberíamos imitar.

¿Quiso decir el Señor que debemos actuar como niños, actuando torpemente y sin saber bien lo que hacemos? Pues claro que no. El sabía muy bien lo que decía. Los adultos tenemos que actuar como adultos, pero con un alma limpia, como la de los niños, que todavía no tienen malicia.

Hacerse niños es tratar de mantenernos limpios de pecado, de corrupción, de maldad. Y debemos también convertirnos en los protectores de los niños, que serán los hombres y mujeres de mañana.

Ya en otra ocasión Jesús lanzaría una sentencia terrible contra aquellos que se atrevan a abusar de los niños o inducirlos al pecado.

Escandalizar es eso, y sus palabras fueron: "Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar. (Marcos 9,42).

Triste situación tendrán pues, ante Dios, aquellos que se atreven a lanzar hijos al mundo sin ocuparse de ellos, olvidándose de que su Padre del Cielo se encargará de pedirles cuenta por no haber cumplido con esa sagrada obligación.

También la de aquellos que, llevados de una irracional actitud, abusan de los niños o los maltratan, pues ante Dios eso es un gravísimo pecado. No se trata, por supuesto, de la corrección necesaria que los padres tienen que ejercer sobre sus hijos, sino aquello que va en detrimento de los niños, sea física o sicológicamente.


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