7a. Ordinario, Viernes

Y levantándose de allí va a la región de Judea, y al otro lado del Jordán, y de nuevo vino la gente donde él y, como acostumbraba, les enseñaba. Se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: "¿Puede el marido repudiar a la mujer? El les respondió: ¿Qué les prescribió Moisés?" Ellos le dijeron: "Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla". Jesús les dijo: "Teniendo en cuenta la dureza de su corazón escribió para ustedes este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, El los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre". Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. El les dijo: "Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio" (Marcos 10.13-16).

HOMILÍA

¿Quián les dio derecho a los hombres para abusar de las mujeres? ¿Acaso puede ser justo lo que rompe con el derecho de la otra parte?

La Ley fue condescendiente con la dureza del corazón de los hombres, que se arrogaron el derecho de tratar a la mujer como un ser inferior. Pero Jesús vino a poner en claro lo que estaba oscuro.

Por otro lado, ya en el Antiguo Testamento encontramos palabras que nos dicen que Dios no está de acuerdo con el repudio. Veamos en el profeta Malaquías: "Y ustedes dicen: ¿Por qué? - Porque Yahveh es testigo entre tú y la esposa de tu juventud, a la que tú traicionaste, siendo así que ella era tu compañera y la mujer de tu alianza. ¿No ha hecho él un solo ser, que tiene carne y espíritu? Y este uno ¿qué busca? ¡Una posteridad dada por Dios! Guarden, pues, su espíritu; no traiciones a la esposa de tu juventud. Pues yo odio el repudio, dice Yahveh Dios de Israel, y al que encubre con su vestido la violencia, dice Yahveh Sebaoth. Guarden, pues, su espíritu y no cometan tal traición" (10,14-16).

Jesús quiere enseñarnos el camino verdadero que nos conduce a la felicidad. Los traidores lo que crean es infelicidad, pues mienten para conseguir del otro lo que desean, sin estar dispuestos a ningún compromiso.

Esa es la razón de que haya tantos falsos matrimonios, o simples uniones libres, que están basados no en el verdadero amor, que se supone es para durar toda la vida, sino en intereses ilegítimos, como la atracción puramente sexual o la búsqueda de seguridad económica o social.

La doctrina de Cristo, que se supone han de seguir todos los que se sienten cristianos, nos lleva por un camino de compromiso, que hace posible uniones duraderas, capaces de llevar a cabo la creación de familias donde los hijos reciben el amor de dos padres que se aman y les aman.

Vemos, sin embargo, que son innumerables los casos de familias deshechas, hijos abandonados, y hogares donde el hombre brilla por su ausencia. Casos así son la negación de lo que Dios realmente quiere.

La causa de todos estos desastres hay que buscarlos en la ligereza con que muchas parejas deciden compartir sus vidas, sin antes conocerse lo suficiente como para llegar a la conclusión de que han hecho una elección correcta.

Luego, cuando descubren que se equivocaron, viene el rompimiento, y si ya han tenido hijos, estos pagaran en parte las consecuencias de los errores cometidos por quienes no tenían derecho para procrearlos.

El matrimonio es cosa seria, que muchos toman como si fuera participar en una lotería. Al que actúa con esa mentalidad le pasará como a la absoluta mayoría de los jugadores, que a la larga pierden. Y no se debe olvidar que los hijos también participan de su pérdida.

Dos personas que sienten la mutua atracción deben pensarlo muy bien antes de tomar una decisión tan importante en sus vidas. Sobre todo las mujeres, que son las que suelen cargar con lo más pesado cuando se llega al fracaso.

Es lógico que hay derecho a equivocarse, pero el matrimonio es como una empresa en la que se invierte lo mejor de uno mismo. No se puede, pues, llegar a él sin antes pesar los pros y los contras, hasta lograr una certeza que les permita ir con la mayor seguridad al compromiso final.


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