9a. Ordinario, Jueves

Acercóse uno de los escribas que les había oído y, viendo que les había respondido muy bien, le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Jesús le contestó: “El primero es: Escucha, Israel: “El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos”. Le dijo el escriba: “Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que El es único y que no hay otro fuera de El, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas (Marcos 12, 28b-34).

HOMILÍA

Está muy claro en los evangelios que no todos los miembros de la clase dirigente eran enemigos de Jesús. Los hubo, sí, que hasta fueron sus simpatizantes, pero trataron de mantener esta preferencia en secreto, como ocurrió con Nicodemo, que fue a visitar a Jesús de noche para evitarse problemas con los otros miembros del Sanedrín (ver Juan 3,2).

Después de la discusión con los saduceos que vimos ayer, Marcos presenta a un escriba - ordinariamente eran del grupo fariseo -, que demuestra verdadero interés de escuchar a Jesús, de modo que mereció el elogio del Divino Maestro.

Su pregunta fue bien intencionada, por lo que Jesús le responde con bondad, afirmando lo que era ya sabido por todos los judíos. El primer mandamiento todos lo sabían de memoria.

Pero Jesús agrega, a continuación, que el segundo consiste en amar al prójimo y que no había ningún otro mandamiento mayor que estos dos.

Esta respuesta agradó al escriba, de modo que añade de su parte que amar al prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios, algo que habían enseñado también los profetas.

No siempre hemos entendido bien el amor al prójimo. Solía ocurrir con los judíos, pues para ellos el prójimo eran los otros judíos. Cuando se trataba de los gentiles o paganos, ya no los consideraban prójimos.

Pero Jesús nos va a llevar mucho más allá. No sólo exigirá amar al prójimo como a uno mismo, sino que en la Última Cena, en intimidad con los apóstoles, les dice: Este es el mandamiento mío: que se amen ustedes los unos a los otros como yo les he amado (Juan 15,12).

Esto significa que no podemos ahorrar esfuerzos ni sacrificios cuando se trata de amar incluso a aquellos que no lo merecen. De ahí que, aunque no nos sea posible sentir cariño por los enemigos, al menos tenemos que hacerles el bien y desearles el bien, nunca el mal.

Amar como Jesús nos ha amado es estar dispuestos a hacer cualquier cosa por el bien de los otros, algo que ordinariamente nos resulta bien difícil, pero que no por ello tenemos que rechazar.

Si queremos saber si realmente amamos, deberíamos ponernos delante de Cristo Crucificado y preguntarnos si somos capaces de comprometernos a un amor semejante al suyo.


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