9a. Ordinario, Viernes

Jesús, tomando la palabra, decía mientras enseñaba en el Templo: “¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? David mismo dijo, movido por el Espíritu Santo: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies”. El mismo David le llama Señor; ¿cómo entonces puede ser hijo suyo?” La muchedumbre le oía con agrado ( Marcos 12, 35-37).

HOMILÍA

El propio Jesús confirma que la acción del Espíritu Santo entre nosotros no comienza, ni mucho menos, el día de Pentecostés.

Ya vimos en el Génesis que se dice que el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas (1,2).

Pero la presencia del Espíritu como Persona individual, formando parte de una Trinidad divina, no fue revelada en el Antiguo Testamento, aunque los efectos de sus inspiraciones y acciones se dejaban sentir en el pueblo de Dios.

Los israelitas estaban conscientes de que algo muy especial ocurría cuando alguien era sometido a la acción del Espíritu, y se conocen de muchas manifestaciones incluso externas de este fenómeno, sobre todo el don de profecía, que en ocasiones se realizaba unido a la glosolalia o “hablar en lenguas”.

Para poner un ejemplo recordemos lo que ocurrió después que Saúl, buscando unas burras que se le habían perdido, se encontró con Samuel, el profeta, y éste lo ungió como el primer rey de Israel.

Samuel le advirtió que ese día le ocurrirían varias cosas que serían señales de la elección que Dios hacía de él. Y, efectivamente, así sucedió. De allí fueron a Loma, y de pronto dieron con un grupo de profetas. El espíritu de Dios invadió a Saúl y se puso a danzar entre ellos. Los que lo conocían de antes y lo veían danzando con los profetas, comentaban: -¿Qué le pasa al hijo de Quis? ¡Hasta Saúl anda con los profetas! (1ª Samuel 10,10-11).

El pueblo de Israel fue recibiendo la Revelación divina poco a poco, pero no fue hasta la llegada de Jesús que pudimos conocer la realidad trinitaria de Dios y la presencia salvífica e inspiradora del Espíritu Santo.

Con todo, hoy sabemos que todos los libros de la Escritura, como nos enseña la Iglesia, fueron inspirados por el Espíritu, que obraba antiguamente con la misma fuerza que hoy, aunque los receptores de sus inspiraciones no estuvieran conscientes de ello.

Así dice Pedro: ... pues ninguna profecía procede de la voluntad humana, sino que, impulsados por el Espíritu Santo, algunos hombres hablaron de parte de Dios (2 Pedro 1,21).


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