2a. Pascua, Martes

“En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio. Si al decirles cosas de la tierra, ustedes no creen, ¿cómo van a creer si les digo cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna” (Juan 3,11-15).

El ser humano sólo puede hacerse una idea, bastante remota, por cierto, de lo que es el cielo. Y eso por una sencilla razón: ninguno de nosotros ha estado nunca allí.

Dios quiso colocarnos aquí primero para realizar algo así como un entrenamiento que nos permitiera apreciar lo que luego nos será dado.

Dios no es como esos padres que malcrían a sus hijos dándoles todos los gustos. El más bien nos educa permitiendo que pasemos trabajos y nos sintamos obligados a enfrentar los problemas por nosotros mismos. Es así como se aprende.

En esta escuela que es la vida tenemos que pasar muchos trabajos, como los pasa el campesino que quiere tener una buena cosecha; como los pasa el obrero que quiere ver felizmente terminado su trabajo; como los pasa el estudiante que quiere llegar a su graduación.

San Pablo, que tuvo el privilegio de ver el cielo, se quedó prácticamente mudo a la hora de decirnos lo que contempló.

Expresándose en tercera persona dice: Conozco a un cristiano que hace catorce años - si fue con cuerpo o sin cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe - fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y me consta que ese hombre - si fue con cuerpo o sin cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe - que fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que el hombre no puede expresar (2a. Corintios 12,2-3).

Claro que Pablo se estaba refiriendo a sí mismo como aquel que había logrado ver lo que luego no podría expresar con palabras humanas.

El propio Jesús no nos lo pudo decir todo, pues tendría que haber cambiado nuestra actual condición. Pero de lo que no hay duda es de que nos enseñó claramente que nuestra meta final es el cielo, el Reino de Dios, y que, si somos fieles, viviremos para siempre con El.

Esto lo promete una y otra vez, según nos lo recogen las páginas del Evangelio. El vino a desentrañarnos el misterio. El vino a ser nuestro Camino al cielo. El es el Pastor que nos conducirá hasta las moradas donde habita Dios. El, que estaba en el cielo, vino para que también nosotros podamos vivir allá.


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