2a. Pascua, Miércoles

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios” (Juan 3,16-21).

Sólo con una ayuda especial del Espíritu Santo podríamos comprender que Dios entregue a su Hijo para la salvación del mundo, pues en nuestras mentes tan limitadas no cabe la idea de una generosidad de tanta grandeza.

Pablo se admira también, por lo que exclama: Es difícil dar la vida incluso por un hombre de bien... Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores (Romanos 5,7-8).

En realidad sólo a Dios se le pudo haber ocurrido semejante manera de salvarnos, algo que ni siquiera podríamos nosotros haber imaginado. Por esa razón muchos han rechazado esta verdad, pues no la conciben posible.

Pero así es Dios. El vió cómo todos los bienes que regaló al ser humano se habían perdido por causa de la soberbia, del deseo de grandeza y del ansia de llegar a ser un “dios”, y para librarlo la Trinidad Divina decide enviar a uno de los suyos, a la Segunda Persona, al Hijo, para salvar al hombre.

Así asume el Hijo la naturaleza humana en el seno virginal de María, haciendose uno como nosotros, un verdadero hombre sin dejar de ser Dios. Misterio de amor.

Y esto, para que aprendamos a ser humildes, ya que El en su condición de hombre se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz (Filipenses 2,8).

Pero el hombre, que ya tiene la oportunidad de salvarse, debe, individualmente, abrir su corazón a Dios. Ese amor tan grande del Padre por nosotros sólo puede corresponderse con un amor sincero, aunque sea imperfecto. Esa es la condición.

¿Y qué menos podría pedir Dios a cambio de todo ese cúmulo de gracias que nos regala?

Ni siquiera nos pide que nos merezcamos la salvación, ni que paguemos por ella. Todo es gratuito, pues somos absolutamente incapaces de pagar nada.

Si bajamos la cabeza y reconocemos el amor de Dios, la salvación será nuestra, como regalo de un Padre que nos ama.


Volver a Segunda Semana de Pascua