2a. Pascua, Sábado

Al atardecer, bajaron sus discípulos a la orilla del mar, y subiendo a una barca, se dirigían al otro lado del mar, a Cafarnaúm. Había ya oscurecido, y Jesús todavía no había venido donde ellos; soplaba un fuerte viento y el mar comenzó a encresparse. Cuando habían remado unos veinticinco o treinta estadios, ven a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y tuvieron miedo. Pero él les dijo: "Soy yo. No teman". Quisieron recogerle en la barca, pero en seguida la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían. (Juan 6, 16-21).

A veces nos avergonzamos de tener miedo. Sobre todo los hombres. Sin embargo el miedo es algo totalmente natural al ser humano. Es una reacción ante lo desconocido o lo que consideramos peligroso.

En esta ocasión los discipulos, al ver a Jesús caminando sobre las aguas del lago, pensaron en un fantasma, en una aparición. Esto nos hace ver que tales creencias supersticiosas son tan antiguas como el hombre, y de ellas no escaparon los judíos, pese a ser un pueblo conocedor del verdadero Dios.

Los falsos conceptos que mucha gente tiene le hace ver lo que no existe. Y se crea algo así como un círculo vicioso: el miedo engendra superstición y ésta engendra miedo, con lo que muchas personas viven aterradas, pensando que están sometidas a poderes ocultos que pueden hacerles daño.

Esto suele ser muy bien explotado por los “vivos” que siempre aparecen, haciendo creer a los miedosos que poseen “poderes” para hacer o deshacer supuestas maldiciones, embrujos, “trabajos” y cosas por el estilo.

Pero el cristiano ni puede creer en supersticiones ni en falsedades, como tampoco tiene por qué tener miedo a nada.

El que tiene a su lado a Jesús se ve libre de miedos irracionales, pues se sabe protegido del poder del Maligno.

Esto no significa que el cristiano no pueda sentir miedo. Pero sería por situaciones reales, como un asalto, un incendio, un fenómeno atmosférico, algo que en verdad ponga en peligro la vida, lo que crea una reacción normal incluso en el orden fisiológico.

Pero el cristiano no le teme a lo oculto, pues sabe que si hay alguna amenaza que provenga del Maligno, éste no puede hacernos daño, pues tenemos la coraza de la fe y la espada de la gracia divina para vencer en todo momento.

Como decía san Agustin, el diablo es como un perro amarrado, que sólo puede morder a quienes se le acercan.

Podríamos recordar aquí los versos atribuidos a Santa Teresa: “Nada te turbe, nada te espante, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”.


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