2a. Pascua, Viernes

Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: "¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?" Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: "Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.» Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: "Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?" Dijo Jesús: "Hagan que se recueste la gente". Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos 5.000. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: "Recojan los trozos sobrantes para que nada se pierda". Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: "Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo". Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo (Juan 6,1-15).

Jesús no vino a salvar a unos cuantos, ni reservó sus enseñanzas para unos pocos. Si bien guardaba para sus apóstoles las mejores explicaciones, no por ello desdeñaba a la gente, a la que atendía solícitamente, sin perder ocasión para enseñarles sobre el Reino.

Podemos estar seguros que muchos seguían a Jesús buscando sólo algún favor, algún milagro, para luego olvidarse totalmente de El.

Y así no se puede llegar a ser discípulo. El que quiera serlo de verdad tiene que poner todo su empeño y atención para aprender. Nadie aprende si sólo dedica unos pocos minutos o quizás algunas horas, de vez en cuando, a lo que Jesús tiene que enseñarle.

Mucha gente no tiene problemas en dedicar horas enteras a la televisión, sea para ver novelas, deportes o lo que sea. Son horas muertas sin que les importe nada.

Pero, ¿cuánto tiempo dedican a interesarse por las enseñanzas que tienen que ver con su salvación eterna? El discípulo no se mide sólo por el tiempo que dedica a su Maestro, desde luego, pues también Judas oía a Jesús y lo seguía.

Pero el tiempo dedicado al Señor y el interés y la atención con que le escuchamos, es un índice cierto de lo que sentimos por El.

¿Cuánto tiempo dedicas tú a estar a los pies de tu Señor? Eso te dará la medida de tu amor por El y del interés que tienes en ti mismo y en tu salvación.

¿Verdad que no es mucho lo que estás haciendo? Eso es lo que todos descubrimos cuando nos examinamos sinceramente.

Porque podemos estar seguros de que no estamos poniendo todo el empeño que deberíamos en lo que constituye el “negocio” más importante que tenemos aquí en la tierra.

¿Por qué tan fácilmente cambiamos el Cielo por las cosas de la tierra? ¿Por qué ejercen los tesoros de abajo más atracción que los de arriba?

Cuando dejamos que el polvo cubra nuestros ojos y el cuerpo domine sobre el espíritu estamos matando toda posibilidad de vida espiritual. Sólo el agua divina puede sacarnos del materialismo que amenaza con ahogar la vida que recibimos el día de nuestro Bautismo.


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