5a. Pascua, Jueves

Como el Padre me amó, yo también los he amado a ustedes; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Les he dicho esto, para que mi gozo esté en ustedes, y su gozo sea colmado (Juan 15,9-11).

Sería imposible para nosotros siquiera imaginar cómo es el amor que existe entre las tres divinas Personas. La definición que da san Juan es ésta: “Dios es Amor” (1a 4,8).

En la forma en que El nos ha amado, podemos deducir cómo será el amor entre el Padre y el Hijo y entre ellos y el Espíritu Santo.

Y la prueba del amor que nos ha tenido Dios la señala Juan en su evangelio: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (3,16-17).

Este sí que es un amor sin medida, sin esperar nada, pues El no necesita de nuestro amor para ser feliz. Nada podemos dar a Dios. Por el contrario, con demasiada frecuencia lo ofendemos, negándole con ello nuestro amor. El, sin embargo, sigue amándonos.

Esto lo podemos ver en la parábola del Hijo Pródigo (Lucas 15,11-32). En ella Jesús quiso enseñarnos como es su Padre.

Un hombre tenía dos hijos. El menor le pidió la parte que le tocaba en herencia. La recibió sin ningún reproche. Y él fue y se gastó todo llevando una vida pervertida. Pero cuando se quedó sin nada, pensó volver a su padre, no ya como hijo, sino como un simple jornalero.

El padre, sin embargo, ansiaba la vuelta del hijo, y cuando éste por fin llegó, lo recibió con una gran fiesta.

El que queda mal parado en la parábola es el hijo mayor. En su actitud quedamos retratados todos cuando somos egoístas y rencorosos. Mientras el padre perdonaba, el hijo mayor aborrecía a su hermano que lo había derrochado todo.

Jesús nos enseña que el amor que debemos tener a Dios sólo puede demostrarse cuando estamos dispuestos a cumplir sus mandamientos. Si El nos comprende y siempre está dispuesto a perdonarnos, El también exige, si de veras queremos salvarnos, que hagamos nuestro esfuerzo para lograrlo.

San Juan nos advierte que: “Quien dice: “Yo le conozco” y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él” (1a 2,4).

Jesús se nos presenta como el modelo a imitar. El ama a su Padre “obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Filipenses 2,8). Así quiere que le obedezcamos a Él, no para su beneficio, que nada puede recibir de nosotros, sino para que su gozo esté en nosotros, y este gozo sea colmado.


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