5a. Pascua, Lunes

“El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él”. Le dice Judas - no el Iscariote : “Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?” Jesús le respondió: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escuchan ustedes no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Les he dicho estas cosas estando entre ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, se lo enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Juan 14,21-26).

San Juan de la Cruz, en una bella página, nos dice que ya todo lo que debíamos saber nos lo enseñó Dios por medio de su Hijo, que es su Palabra, y no tiene otra.

¿Cómo entonces dice Jesús que es el Espíritu Santo quien nos lo enseñará todo?

Bien claramente podemos colegir por lo dicho en la Escritura que con la venida del Paráclito no hemos recibido ninguna enseñanza nueva, nada que no hubiera ya enseñado Jesús.

Pero con la gracia del Espíritu es que podemos asimilar esas enseñanzas y, sobre todo, ponerlas en práctica.

Ese sería el sentido de las últimas palabras del párrafo, en que Jesús señala que El les recordará cuantas cosas les tengo dichas.

Todos sabemos que no basta leer un libro o escuchar un sermón, ni tan siquiera seguir todo un curso para decir que hemos aprendido algo. Al igual que con el proceso digestivo, en el que entra no sólo la ingestión de los alimentos, sino también la asimilación y la eliminación, así con nuestros conocimientos en general y nuestro saber de Dios en particular.

Jesús nos dio el alimento que es capaz de nutrir nuestras mentes para que exista un cambio en nuestras formas de pensar y de actuar. Luego el Espíritu completa todo esto, ayudándonos a asimilar lo recibido y a distinguir entre el trigo y la cizaña, para eliminar aquello que no pertenezca a las enseñanzas del Maestro.

Como el alumno que necesita un profesor que le “repase” lo que otro ha enseñado, así el Espíritu nos va guiando para que aceptemos sólo lo que es de Jesús y rechacemos lo que no lo es.

Claro que la acción del Espíritu se dirige, en primer lugar, a la misma Iglesia, depositaria de la Verdad revelada por Jesús, para que, por medio de sus pastores, a quienes corresponde el magisterio en nombre del Señor, mantenga incólume la unidad de la fe y la preserve del error.

El Espíritu actúa en cada uno de nosotros para que discernamos lo correcto de lo falso, acatando con humildad lo que la Iglesia nos señala como auténtica doctrina cristiana.


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