5a. Pascua, Miércoles

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Ustedes están ya limpios gracias a la Palabra que les he anunciado. Permanezcan en mí, como yo en ustedes. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí. Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no pueden ustedes hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán. La gloria de mi Padre está en que ustedes den mucho fruto, y sean mis discípulos (Juan 15,1-8).

La vid es la planta que produce las uvas. El sarmiento es el vástago de la vid, de donde brotan las hojas y los racimos.

A Jesús le gustaba usar de ejemplos que fuesen entendibles por sus oyentes. Para los judíos, la vid y los sarmientos eran algo muy común. No así para los que viven en países donde no se cultivan las vides.

Lo que nos quiso decir Jesús es que El es el árbol y nosotros somos las ramas. Si las ramas no están unidas al árbol, no pueden dar fruto.

Tenemos necesariamente que estar unidos a El si queremos dar frutos de vida eterna. Él lo dice claramente: 'Sin mí no pueden ustedes hacer nada”.

Para las cosas de la tierra ya hemos recibido, ordinariamente, lo que necesitamos en el momento de nacer. Tenemos que ir creciendo, pero aunque todo se lo debamos a Dios, podemos actuar incluso si no lo reconocemos y hasta lograr grandes triunfos sin que aparezca la ayuda del Creador.

Pero para lo más importante que hay en la vida presente, es decir, caminar hacia la gloria que Dios nos tiene preparada, sólo Jesús es quien nos ha dado esta oportunidad. Sin El no habría salvación eterna para nadie.

Lógicamente la obra salvadora es de las tres Divinas Personas. El Padre envía al Hijo, el Hijo nos envía, desde el Padre, el Espíritu Santo.

Pero fue Jesús quien hizo posible, obedeciendo al Padre, que pudiéramos salvarnos. Con su muerte y resurrección nos abrió las puertas del cielo. El nos liberó de la esclavitud del pecado y de la muerte, algo que era imposible que pudiéramos hacer por nosotros mismos. Es eso lo que explica sus palabras de que, sin El, nada podemos hacer.

Mientras estemos en la tierra somos como sembradores. El fruto que consigamos dependerá también de nosotros. En la parábola del sembrador (Lucas 8,5-8) se nos habla de que la semilla, es decir, la Palabra de Dios, sólo dio fruto si fue acogida en un terreno preparado.

En ella Jesús habla de los seres humanos como si fuéramos terrenos cultivables. Aquellos que lo rechazan, desperdiciaran la semilla y serán como ramas inútiles que sólo servirán para ser echadas al fuego.


Volver a la Quinta Semana de Pascua