5a. Pascua, Sábado

“Si el mundo los odia, sepan que a mí me ha odiado antes que a ustedes. Si fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como ustedes no son del mundo, porque yo al elegirlos los he sacado del mundo, por eso les odia el mundo. Acuérdense de la palabra que les he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes; si han guardado mi Palabra, también la de ustedes guardarán. Pero todo esto se lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado (Juan 15, 18-21).

El mundo del que habla Jesús no es el planeta tierra, ni siquiera sus habitantes, sino todo aquello que se opone a Dios.

Hay una oposición radical entre Dios y el mundo. El que manda en ese “mundo” es realmente Satanás.

Cada persona, usando de su libre albedrío, puede decidir ser de Dios o del mundo, en el sentido que hemos señalado.

Claro que Dios nos ha dado todos los medios para ser de Él, en especial al enviarnos a su Hijo. Es Jesús quien nos saca del mundo para que seamos parte de su Iglesia.

Precisamente porque el cristiano es enemigo del mal que provoca Satanás, tanto él como sus seguidores nos tienen un odio mortal. Esto lo ha permitido Dios para probarnos, de modo que tomemos nuestra propia decisión. En modo alguno quiere El que hagamos las cosas obligados por su poder.

Las palabras de Jesús fueron realmente una profecía. El odio del mundo se convirtió, desde los primeros momentos, en persecución de lo cristiano, como antes lo había sido de lo que pertenecía a la Antigua Alianza entre Dios e Israel.

Millones de mártires han derramado su sangre como testimonio de su amor a Dios y al prójimo. Y todavía hoy encontramos por todas partes ese odio y persecución si tratamos de mantenernos fieles en el seguimiento del Señor.

Lamentablemente a veces el espíritu del mundo se nos puede meter también en la Iglesia, cuando nos aflojamos en el cumplimiento de nuestros deberes. Donde esto sucede la Iglesia sufre mucho más que cuando es objeto de persecución por parte de aquellos que pertenecen de lleno al mundo.

Siempre tendremos que luchar contra la tentación de “ser del mundo”. Nos vemos rodeados de múltiples oportunidades que se nos ofrecen para quebrantar los mandatos de Dios. El cristiano tiene pues que desconfiar siempre de sí mismo, buscando la fuerza donde podemos encontrarla: en el Espíritu Santo.

Recordemos las palabras de san Pablo: “Revístanse de las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del Diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas. Por eso, tomen ustedes las armas de Dios, para que puedan resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, mantenerse firmes” (Efesios 6,11-13).


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