5a. Pascua, Viernes

“Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo les he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. No les llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes les he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a conocer. No me han elegido ustedes a mí, sino que yo les he elegido a ustedes, y les he destinado para que vayan y den fruto, y que su fruto permanezca; de modo que todo lo que pidan al Padre en mi nombre se los conceda. Lo que les mando es que se amen los unos a los otros” (Juan 15,12-17).

Ya en el Antiguo Testamento se prescribía el amor al prójimo. Así leemos en Levítico 19,18: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Sin embargo Jesús, en aquel momento especial que estaba viviendo con sus apóstoles, ya muy cercano el momento de su entrega, les habla de un mandamiento nuevo, pues a lo ya mandado le agrega “como yo le he amado”.

Esto cambia bastante el precepto antiguo, que aunque era un gigantesco paso de avance comparado con lo que solían ser las costumbres de los pueblos paganos, no llegaba a la exigencia que ahora el Divino Maestro pone delante de sus apóstoles y de todos los que quisieran ser discípulos suyos.

Amar como Jesús amó es la prueba más grande que podemos dar de que hemos entendido sus enseñanzas. Un amor así exige incluso la disponibilidad de dar la vida por aquellos que amamos.

Él lo recalca con sus propias palabras: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”. Y eso fue lo que El hizo, dando su vida para que nosotros pudiésemos tener eterna salvación.

El no necesitaba llegar a entregar su vida para salvarnos. Cualquier acción suya hubiera merecido del Padre otorgarnos la salvación. Pero Jesús quiso llegar al extremo. Así lo afirma Juan: “...sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (13,1).

Ese amor se ha extendido a través de los siglos a todos y cada uno de los seres humanos, pues El murió por todos. Aquellos que al final sean apartados no será porque Dios no les haya amado, sino por el contrario, porque ellos se negaron a amar.

Jesús nos ha elegido a todos para ser sus discípulos y sus amigos. El quisiera que todos lo fuéramos, razón por la que quiso fundar la Iglesia, donde todos los hombres y mujeres pudieran encontrar un espacio para amarse como El nos amó. Así tiene que ser la forma de actuar de los cristianos, que es la única que nos permite cumplir con la misión que Jesús nos ha confiado.

El nos ha destinado para que vayamos y demos fruto. Esto solo se consigue cuando logramos transmitir con nuestras vidas el entusiasmo por seguir a Jesús y descubrir en Dios al Padre que tanto nos ama, que nos lo envió a Él, para sacarnos del abismo de nuestros egoísmos y miserias.


Volver a la Quinta Semana de Pascua