6a. Pascua, Jueves

“Dentro de poco ya no me verán ustedes, y dentro de otro poco me volverán a ver”. Entonces algunos de sus discípulos comentaron entre sí: ”¿Qué es eso que nos dice: "Dentro de poco ya no me verán y dentro de otro poco me volverán a ver" y "Me voy al Padre"?” Y decían: “¿Qué es ese "poco"? No sabemos lo que quiere decir”. Se dio cuenta Jesús de que querían preguntarle y les dijo: “¿Andan ustedes preguntándose acerca de lo que he dicho: "Dentro de poco no me verán y dentro de otro poco me volverán a ver?" En verdad, en verdad les digo que llorarán y se lamentarán, y el mundo se alegrará. Estarán ustedes tristes, pero su tristeza se convertirá en gozo”(Juan 16,16-20).

Los apóstoles eran unos hombres sencillos, la mayoría de ellos salidos de familias pobres. Algunos eran pescadores, otros tendrían otras profesiones, pero parece que quizás solo uno, Mateo, que era un recaudador de impuestos, tendría cierta preparación intelectual.

Esto, desde luego, no podemos afirmarlo.

Lo cierto es que, en esa noche llena de sorpresas, ellos se encuentran como perdidos ante las revelaciones que Jesús les está mostrando.

Ya saben que lo que viene, de inmediato, va a ser terrible, pues el Divino Maestro les ha anunciado, varias veces anteriormente, pero ahora en una forma más cercana, que será entregado a sus enemigos, que tendrá que sufrir tanto física como moralmente, y que luego sería crucificado.

Ciertamente a la muerte seguiría la resurrección, pero más tarde se iría al Padre para regresar solo al final de los tiempos.

No pueden entender eso de que “dentro de poco” lo dejarán de ver y luego volverán a verlo. ¿De qué está hablando? Se sienten como aturdidos, pensando quizás qué ha de ser de ellos después que Jesús se aleje, sin que sepan el tiempo de su regreso.

El ser humano, por su propia naturaleza, no está preparado para entender la sublimidad del misterio de Dios. Aunque Jesús asumió nuestra condición, para hacerse uno de nosotros en todo menos en el pecado, no por eso resultaba fácil entender todas sus enseñanzas, en especial cuando ellas conllevan un compromiso que llegaba hasta dar la vida por ser fiel a Él.

Les fue difícil a sus apóstoles, que lo estaban viendo y oían lo que El les decía. Nos es todavía más difícil a nosotros que tenemos que confiar sin que podamos ver, creer sin nada probar, lanzarnos al vacío solo con la seguridad de que El estará con nosotros.

Sólo su promesa de salvación, que encierran esas palabras: “Su tristeza se convertirá en gozo”, es lo que anima a los creyentes a desafiar las tinieblas y seguir a Jesús, aunque sea poco lo que entendamos del misterio divino.

Esa es, por otro lado, la única condición que El nos pone para recibir la salvación: Creer en El.

Ni con una vida santa podemos merecer lo que está por encima de nuestra capacidad. La salvación eterna es el gran regalo que el Padre nos tiene preparado. Solo cuando respondemos con una total confianza es que podemos descubrir lo grande que es su amor.


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