6a. Pascua, Lunes

Cuando venga el Paráclito, que yo les enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también ustedes darán testimonio, porque están conmigo desde el principio. Les he dicho esto para que no se escandalicen. Los expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que los mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Les he dicho esto para que, cuando llegue la hora, se acuerden ustedes de que ya se lo había dicho. No les dije esto desde el principio porque estaba yo con ustedes (Juan 15,26-16,4).

Una revelación importante que hace Jesús en este coloquio íntimo con sus apóstoles es la figura del Espíritu Santo.

Hasta entonces los apóstoles apenas sabían nada de la tercera Persona de la Trinidad. La pedagogía divina comprende perfectamente las limitaciones que tenemos los humanos para entender lo que es tan sublime.

De ahí que pasaran siglos preparando el terreno. La realidad de Dios es tan colosal, por usar alguna palabra humana, que no hay manera que podamos captar del todo lo que se nos revela, y tenemos que aceptarlo, humildemente, porque es el propio Señor quien nos lo enseña.

Somos niños que apenas silabeamos el a-b-c del conocimiento divino, de modo que necesitábamos un Paráclito, algo así como un abogado o tutor, Alguien que viniera a ayudarnos, a fin de tener el valor de aceptar lo que no nos es posible probar.

Es el Espíritu el encargado de dar testimonio de que Jesús es lo que dice ser. Su fuerza nos ayuda a seguirlo con los ojos cerrados, ya que es imposible de otro modo. La fe es aceptación pura y simple. Si pretendemos usar de la razón nos perderíamos, pues esta sólo puede descubrir lo que está a su alcance, y Dios es el Inalcanzable.

Esa será una de las razones por las que el mundo nos perseguirá o, simplemente, se reirá de nosotros.

Estamos rodeados de seres humanos a quienes creer les resulta un disparate. De ahí que traten de desacreditarnos como puros ignorantes, que aceptamos algo que ni entendemos ni podemos verificar.

Se levantarán los supuestos “científicos” para decirnos que merecemos su desprecio. Y muchos llegarán a considerarnos un peligro para la raza humana.

Todo eso lo predijo Jesús en la noche en que sería capturado por sus enemigos. Pone en guardia a sus apóstoles para que no se hagan ilusiones. Él no vino para ser un líder victorioso en este mundo. Su lucha es contra el mal en todas sus formas, y el mal puede aparecer como vencedor por un poco de tiempo.

Sus discípulos, por tanto, tampoco deben aspirar a una victoria temporal. Con la ayuda del Espíritu tenemos que ser los testigos que proclamen que Jesús es Camino, Verdad y Vida. Si esto nos cuesta la vida, ganaremos una corona que no se marchitará jamás.


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