6a. Pascua, Martes

Ninguno de ustedes me pregunta: "¿Dónde vas?" Sino que por haberles dicho esto sus corazones se han llenado de tristeza. Pero yo les digo la verdad: Les conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito; pero si me voy, se lo enviaré: y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me verán ustedes; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado (Juan 16,5b-11).

Era lógico que ante la revelación de Jesús de que tenía que padecer y morir, los apóstoles se entristecieran. Y aunque Él les aseguró que resucitaría, con todo, se veía claro que más tarde volvería al Padre, para dar paso a la venida del Espíritu.

Pero la partida de Jesús era necesaria, pues su misión en la tierra había terminado. El fue enviado por el Padre para efectuar la redención de la raza humana por medio de su muerte y resurrección. Esto hizo posible la fundación de la Iglesia como nuevo Pueblo de Dios, la continuación de lo que había sido la Antigua Alianza con Israel.

Cumplida ya lo que el Padre le había encomendado, tocaba a Jesús volver junto al Padre - del que en realidad nunca se había separado -, y enviar al Paráclito, al Abogado, que completaría la obra de Jesús.

Convenía, pues, que El se fuera, para que viniera el Espíritu Santo, a fin de que iluminase al mundo, y en especial a la Iglesia y a todos sus miembros, para que entendiesen claramente quién es Jesús y cuál es el significado de lo que había hecho en la tierra.

Hasta entonces los apóstoles tenían una cierta idea de lo que significó la obra de Jesús.

Pero les faltaba mucho por aprender. La tarea del Espíritu Santo sería, no sólo aclararles todo, sino también sostenerlos con su fuerza en la labor apostólica que deberían realizar.

Jesús, además, se mantendría presente, aunque oculto a sus ojos. El así lo había prometido (ver Mateo 28,20).

La labor de los apóstoles y de todos los discípulos de Jesús a través de los siglos será una dura tarea para llevar a todos los seres humanos al conocimiento de la Buena Noticia, del Evangelio.

No sólo será dura por el trabajo intenso que hay que realizar, sino también porque Satanás se mantendrá activo para actuar en su contra.

Sólo la fuerza del Espíritu Santo podrá contrarrestar dicha acción maligna, de modo que los cristianos que acepten de veras el compromiso de vivir de acuerdo a las enseñanzas de Cristo, tengan la capacidad de derrotar los poderes del Maligno.

Como nos dice san Pablo: “Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas” (Efesios 6,12). Pero quien tiene el Espíritu nada tiene que temer, pues Satanás nada puede contra él.


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