6a. Pascua, Miércoles

Mucho tengo todavía que decirles, pero ahora no pueden ustedes con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y les anunciará lo que ha de venir. El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes (Juan 16,12-15).

Podría parecer que Jesús no les enseñó a sus apóstoles, y por ende a la Iglesia, todo lo que se necesitaba saber. Pero el mejor profesor puede tener discípulos a quienes les cueste trabajo aprender.

Podríamos afirmar, con san Juan de la Cruz, que Jesús, que era la Palabra viva del Padre, nos enseñó todo lo que necesitamos saber en orden a la eterna salvación. Hay infinidad de cosas que quizás aprenderemos cuando estemos en el cielo, pero aun ahí habrá verdades que no seremos nunca capaces de entender.

Si Jesús, en sus aproximadamente tres años de trabajo pastoral, enseñó todo, no todo fue entendido ni aceptado completamente.

En los mismos evangelios vemos momentos en los que Jesús casi regana a sus apóstoles por no entender.

Como muestra de ello citemos a Juan 14, 8-10: “Le dice Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Le dice Jesús: “¿Tanto tiempo hace que estoy con ustedes y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?”

El Espíritu Santo no vino a enseñar cosas nuevas ni diferentes de las que Jesús ya había hecho. Su labor, primero con los apóstoles, y luego con todos los discípulos de Jesús, es ayudarnos a comprender y darnos fuerza para actuar en consecuencia.

Las tres divinas Personas actúan en concordancia. Es el Padre quien envía. Es Jesús, el Hijo, quien primero enseña y luego cumple obedientemente la voluntad del Padre hasta la muerte en cruz, siendo luego glorificado en su Resurrección. Y el Espíritu Santo es quien completa la obra de Jesús sosteniendo nuestra fe y auxiliándonos en todo lo que necesitemos para perseverar hasta el final.

Los siete dones del Espíritu Santo, y otros muchos carismas que de El provienen, son los canales por los que recibimos la inspiración, la gracia, la comprensión y la fuerza para que obremos en correctamente en todo momento. Recordemos sus nombres: Sabiduría, Inteligencia, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad y Temor de Dios.

Todos van dirigidos a que tengamos el conocimiento más amplio y profundo de las verdades eternas, lo mismo que una mayor docilidad y disponibilidad para hacer posible que imitemos a Jesús en nuestra vida.

Quizás no seamos capaces de obedecer al máximo, pero los medios los tenemos a nuestro alcance para lograrlo.


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