6a. Pascua, Sábado

“Aquel día no me preguntarán ustedes nada. En verdad, en verdad les digo: lo que ustedes pidan al Padre se lo dará en mi nombre. Hasta ahora nada le han pedido en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su gozo sea colmado. Les he dicho todo esto en parábolas. Se acerca la hora en que ya no les hablaré en parábolas, sino que con toda claridad les hablaré acerca del Padre. Aquel día pedirán en mi nombre y no les digo que yo rogaré al Padre por ustedes, pues el Padre mismo los quiere, porque me quieren a mí y creen que salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre” (Juan 16,23-28).

Entre los cristianos de hoy podemos ver una gran diferencia. Hay quienes apenas podrían llamarse así, ya que se contentan con visitar la Iglesia “de vez en cuando”. Otros hasta participan de la Eucaristía cada domingo, pero fuera de eso no dedican ningún tiempo para ponerse en contacto con Dios. Hay en fin otros que se mantienen creciendo en el amor de Dios y el conocimiento de su Palabra.

Cuando estamos en ese contacto íntimo, en ese trato frecuente con Dios, con Jesús, con el Espíritu Santo, con María y los santos es que se hace realidad esa claridad de que nos habla Jesús.

Este crecer supone un constante esfuerzo por irnos desprendiendo de nosotros mismos, hasta que alcancemos esa plenitud que permitió a san Pablo decir: “No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2,20).

Es entonces cuando podemos ver más claro, aunque nunca llegaremos en este mundo a tener una claridad total, que sólo conseguiremos en el cielo.

El mismo apóstol dice también: “Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido” (1 Corintios 13,12).

Esta idea la completa san Pablo con estas sublimes palabras: “Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu” (2 Corintios 3,18).

El problema es que no todos están dispuestos al sacrificio de sí mismos para que puedan reflejar la gloria de Dios en ellos. Pero si nos mantenemos en oración, ya sabemos cuánto poder nos ha dado el Señor, tanto que podemos obtener todo lo que pidamos.

Permitir que sea Cristo quien viva en nosotros supone una decisión de asemejarnos cada vez más a Él. Esta sería la verdadera finalidad del vivir cristiano, pues en la imitación de Jesús es que estriba el auténtico seguimiento al que hemos sido llamados.

La conversión que El nos exige va por ese camino. Nunca terminaremos ese proceso que supone llegar a imitarlo lo más cerca que podamos. Pero esto sólo podremos conseguirlo si contamos con el Espíritu Santo para lograrlo.


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