6a. Pascua, Viernes

“En verdad, en verdad les digo que llorarán y se lamentarán, y el mundo se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También ustedes están tristes ahora, pero volveré a verles y se alegrará su corazón y su alegría nadie se la podrá quitar. Aquel día no me preguntarán nada” (Juan 16,20-23a).

No está diciendo Jesús que los cristianos, es decir, sus discípulos, tengamos que vivir tristes. Ya lo dijo alguien: “Un santo triste es un triste santo”.

Pero es innegable que los apóstoles, a quienes en ese momento se dirigía Jesús, tendrían que pasar por una prueba muy fuerte, ya que verían con sus propios ojos como su Maestro, a quien creían invencible y todopoderoso, era sometido a crueles torturas y llevado al patíbulo más ignominioso de aquellos tiempos: la cruz.

Después de ellos, han sido innumerables los cristianos que han padecido toda clase de pruebas, algo que se sigue experimentando en el mundo hasta el día de hoy.

Mientras, el “mundo”, es decir, el conjunto de todos aquellos que desafían los mandatos divinos, se alegrará, pensando que son ellos los que tienen la razón. Efectivamente, aquí aparecen como los triunfadores, los que viven alegremente persiguiendo todos los placeres que puedan conseguir.

Cambian, por así decirlo, la dignidad de ser hijos de Dios, por un “plato de lentejas”, que son las “grandezas” de este mundo. Esto hace alusión a lo que hizo Esaú, cambiando su derecho de primogenitura en favor de su hermano Jacob (ver Génesis 25,34).

Pero llegará un momento en que la tristeza de los discípulos se convertirá en gozo, mientras que las alegrías del mundo se volverán tristezas. Sólo vencerá quien haya perseverado.

Jesús utiliza el ejemplo muy gráfico de la mujer cuando va a dar a luz. Según el testimonio de las que han pasado por ese trance, los dolores del parto son muy fuertes, pero se padecen una y otra vez, esperando la alegría inconmensurable de tener a un hijo en los brazos.

Esto era quizás más verdadero en aquellos tiempos y entre las judías, pues para ellas la maternidad era la más ansiada corona que podían esperar.

San Pablo nos ofrece otro ejemplo de la necesidad de sacrificarse para lograr el premio: los atletas. Estos, para ganar una corona corruptible, ya que en esos tiempos las que se entregaban a los vencedores eran hechas con hojas de laurel, se tenían que entrenar y renunciar a muchas cosas para lograrlo (ver 1 Corintios 9,25).

Cuánto más para conseguir la incorruptible, la que durará eternamente, y que no uno solo, como en las competencias, sino todos, podremos tener si estamos dispuestos a renunciar a todo, con tal de lograrla.


Volver a la Sexta Semana de Pascua